CONSTANCIA DE GARANTÍA

CONSTANCIA DE GARANTIA

Alfredo Grandguillhome

_ ¿ YA SABE USTE, Don Cirilo que la bola anda rete fea por todas partes?

- Algo me han dicho, por cierto que la semana pasada platiqué en la capital del estado con don Facundo Contreras, el jefe político, y me dijo que ya el ejército estaba acabando con los alborotadores, que me fuera tranquilo a mi rancho y me dejara de preocupaciones.

- Pero es que varios de mis piones se me fueron y lo mismo pasó a don Gertrudis de la Garza y otros hacendados. La gente se les va, de un día pa otro ya no están. ¿A usté no le ha pasado?

- Bueno, ora tengo menos gente pero la vamos pasando. Me aseguró don Facundo que por aquí no entran los revoltosos, porque toda la zona está controlada por el gobierno.

- No se fíe don Cirilo, corren rumores de que andan por aquí cerca, son muchos y bien armados.

- Mi amigo el jefe político me dijo también, que de hoy a mañana quedará reforzada la guarnición de este pueblo.

Pero los pocos soldados que aquí están, no muestran muchas ganas de enfrentarse al enemigo.

_ Eso cree usté, pierda cuidado amigo, si alguien alborota, será sometido.

_ Pero dicen que por todo el país anda la bola.. .

_ ¡Qué chincual! Hágame caso Y váyase a su casa.

- A dónde me voy orita don Cirilo, y perdone la desconfianza, es a meter en la carretela a mis hijas y parientas pa que se vayan a la capital, pos allí estarán seguras.

- ¿Tan fea ve la cosa?

- Yo no me crería ni tantito del jefe político, en fin, allá usté don Cirilo.

La plática quedó interrumpida por el estruendo de nutrida balacera que llegaba de lejos, los hombres echaron a correr hacia sus casas, Y por las  calles empedradas pasaron soldados federales, unos a galope y otros a pie en franca huida, que al mismo tiempo se iban quitando los uniformes para correr casi encuerados a refugiarse en las casas los que podían, y los demás para salir por el otro lado del pueblo.

Poco después aparecieron los revolucionarios, después de pegar corretizas a los que huyeron, ahora hacían su entrada en la población como un modo de desfile encabezado por el general José de la Luz Blanco y su estado mayor, envueltos todos en la alegría y estruendo de las cajas y clarines que lanzaban al aire sus marciales sones. Tampoco hubo desorden ni rapiña. Se instalaron en el cuartel abandonado poco antes por los federales, entre el bullicio de las soldaderas, cruzadas algunas con cananas y cargadas con tiliches y chamacos, que se disputaban los mejores lugares.

Desde la planta alta, el general contemplaba el barullo, pues ninguno de sus hombres quiso dejar a la familia en los pueblos, lo que daba a su brigada ambiente de’ caravana de circo, que se cancelaba abrupto ante las bocas de los cañones y demás armas, para’ renacer más tarde en el idioma musical de las guitarras acompañando a los corridos que narraban episodios del porfiriato y la Revolución.

Al día siguiente, en cada casa principal o rancho de las cercanías, los “notables” del pueblo recibieron la visita de oficiales enviados por el general, a quienes les plantearon diversas peticiones a título de contribución de los civiles a la lucha armada. Cuando llegaron con don Cirilo Fentanes, el hombre los recibió en la puerta de su casa sin darles acceso.

- ¿Qué quieren ustedes?

- Señor -dijo uno de los oficiales- como usted sabe, la Revolución está en marcha para acabar con el tirano. Estamos aquí de paso dedicados a limpiar el estado de federales. Ustedes los civiles deben contribuir a la causa, pero en forma de préstamo, pues todo lo que aporten, les será pagado hasta el último centavo al triunfo de la Revolución.

- De mí no sacarán nada. Ya vendrán los del supremo gobierno y acabarán con ustedes.

El oficial sin alterarse, curtido por ese tipo de respuestas, le respondió con suavidad:

- Puede ser como usted dice, pero recuerde que cuando llegamos a esta población, pudimos entrar a las casas abriendo las puertas a culatazos para tomar lo que necesitamos, pero no lo hicimos, y le consta que ni los bienes ni las familias han recibido daño. Me va ustéd a acompañar y queda detenido, para que explique en persona al general Blanco lo que me está diciendo.

A Cirilo se le arrugaron las tripas, le entraron calambres y se le subieron los coyoles a la garganta. Con voz temblorosa sólo alcanzó a decir:

- ¿Qué desean de mí?

_ Algunos caballos y mulas, si tiene carretas también, eso es todo. Ya le avisaremos cuando necesitemos esas cosas.

*

El pueblo siguió su vida habitual y pachorruda. Días después, doña Engracia, mujer de don Cirilo, acompañada por una sirvienta, salía de la iglesia después de oír misa cuando fue abordada por dos jóvenes oficiales:

_ Señora Fentanes, el general Blanco desea hablar con usted, le rogamos que nos acompañe.

- Nada tengo que hablar con ese señor ni con ustedes, con permiso.

Pero no pudo avanzar porque le cerraron el paso.

- Nos apenaría molestarla más, sobre todo aquí en público. Por favor, venga con nosotros en esta carretela y después la regresaremos a su casa.

- ¿Y si me niego?

- Mire usted este pueblo, aquí no entramos echando bala matando gente ni molestando mujeres y lo pudimos hacer. Suba por favor.

Subió a la carretela que fue guiada hacia el cuartel donde las puertas se abrieron y doña Engracia entró. . .

En su casa, don Cirilo tomaba la copa con sus amigos:

- Bueno, si es que sólo nos quitan algunos animales y carretas, ustedes verán que la vamos pasando sin que nos hagan daño.

- Así es don Cirilo, hoy están aquí, mañana o pasado se van cuando vengan los federales y los echen. . .

Un estruendo de puertas y pasos agitados asustó a los hombres, pues arrastrando el re bozo y sofocada por la carrera, llegó hasta ellos la sirvienta:

- ¡Don Cirilo, don Cirilo! ¡Se llevaron a su  señora al cuartel!

- ¿Cómo que se la llevaron?

- Dos soldados la subieron a una carretela, ella no quería. . .

Fue a la recámara encolerizado, se puso al cinto su pistola, montó a caballo y se dirigió al cuartel, mientras los amigos se miraban unos a otros con malicia y uno de ellos murmuraba socarrón:

- Si mi guapa comadre no quería ir, ¿por qué se subió a la carretela?

Don Cirilo llegó a las puertas del cuartel, donde un oficial le ordenó que desmontara Y así lo hizo, de modo que allí mismo perdió el caballo y la pistola. Como todavía le quedaba algo de vergüenza, insistió en hablar con el general, pero fue echado con cajas destempladas.

No le quedó otra cosa que-meterse en su finca a roer su rabia y lamentar su impotencia, distrayéndose con las visitas de sus amigos, algunos- de los cuales entre sorbo y sorbo de aguardiente, también lamentaban el secuestro de parientas jóvenes. En esas reuniones gritaban y maldecían mucho, pero ninguno de ellos se atrevía a intentar

el rescate de sus hembras, o a salir de allí en busca de auxilio.

Una mañana, el encanto de esa paz quedó roto.

El cuartel se puso en ebullición con los preparativos de la partida inminente, y fue hasta entonces cuando llegaron alarmados ante el general, quien de inmediato los recibió:

_ Señor general -dijo uno de ellos- hemos sabido que ustedes se van y venimos a rescatar a las señoras que tomaron como rehenes.

- Pueden irse tranquilos a sus casas, señores

-respondió el general Blanco- quienes hacemos la

Revolución no somos forajidos. Sus familiares regresarán hoy mismo a sus hogares. Más bien, las que quieran hacerla.

- Pero. . . ¿Qué seguridad tenemos de que así sea?

- ¿No le basta mi palabra? A ver capitán Sánchez, agárreme a ese lenguarico y allí en el patio  me lo hace entrar en razones.

- No señor general, le creemos y nos vamos.

Al anochecer del mismo día se produjo alboroto general en el pueblo, cuando las muchachas y señoras de buen ver que habían sido secuestradas, retornaron a sus casas, algunas lloriqueando por la humillación, otras lloriqueando por el que se iba, y otras más de plano no se presentaron en sus hogares. Doña Engracia fue entregada a don Cirilo por dos oficiales:

- Por instrucciones del general, hacemos entrega formal a usted de su señora esposa, pues mañana nos vamos a primera hora. Aquí le entregamos este oficio, con un recibo cobrable por los animales,   carretas y víveres que nos facilita.

- Dirá usted que se están robando.

- Yo sólo cumplo órdenes, pero si considera al señor general Blanco como un ratero, dese por de tenido y en este momento se va con nosotros para que se lo diga en su cara.

Fentanes guardó silencio, miró en tomo suyo con sus ojillos legañosos Y entendió que pudo perder sus bienes y hasta el pellejo. Comprendió también que tenía que retractarse como un cobarde para conservar vida y bienes o despedirse de todo.

Su respuesta fue seca Y breve:

_ Retiro mis palabras. . . No me queda otro remedio.

_ Bien, aquí está su esposa, favor de firmar de recibido Y de conformidad este oficio en su copia. . . gracias.

Los militares se retiraron quedando marido y mujer frente a frente:

_ Siento mucho lo que ocurrió Engracia, lo que habrás sufrido. . .

La mujer lo miró con desprecio Y con voz tensa      le respondió:

,

_ Los primeros días estuve esperando que fueras por mí, o al menos que tú Y los hombres de este pueblo – ¿dije hombres?- hicieran algo por rescatar a sus mujeres, algo así como buscar al ejército o tenderles una emboscada, pero. . .

_ ¿Cómo íbamos a dejar nuestras casas y negocios abandonados?

_ Entiendo, tu bienestar y tu codicia están al nivel de tu miedo. No, no me alces la mano, ni siquiera me toques, cobarde, pues más tardas en hacerlo que lo sepa el general, quien sabe dar su merecido a machos de utilería como tú, golpeadores de mujeres, de mucho pistolón en el cinto y de pocos. . . redaños donde debía haberlos.

Cirilo bajó la mano, rumbeó a la alcoba, en la puerta volvió el rostro y murmuró:

- ¿Vienes?

- ¡Nunca!

Al entrar a su habitación se dio cuenta del papel que le habían dado los oficiales, que todavía tenía en la mano. Tomó sus lentes y acercándose a un quinqué le dio lectura, para que su texto le cayera como plomo en las tripas:

Sr. Cirilo Fentanes

Hacienda de la Hoz,

Zacualipan, Coah.

Asunto: Se otorga garantía.

Con el presente comunicamos a usted el retorno de su esposa al hogar, señora Engracia Fernández de Fentanes, que por instrucciones de la superioridad, durante dos semanas quedó comisionada al servicio del suscrito, quien da a usted las seguridades de que la mencionada señora no recibió daño alguno, pero comprendió que tenía que dar su colaboración a la causa, lo que hizo gustosamente con total entrega de su tiempo y energías, a nuestra entera satisfacción.

Zacualipan, Coah., enero 27 de 1911

Gral. de Brig. José de la Luz Blanco

Tomó Cirilo su pistola Y salió gritando:

- ¡Engracia!

Le respondió el eco, porque la mujer iba ya rumbo al cuartel a sentar plaza de soldadera. Y no podía ser de otro modo.

Los comentarios están cerrados.