COMO UN BLAZON

COMO UN BLASÓN

José Rubén Romero

—Mi coronel ¿ nos deja ir a Ajuno, a cortar la vía ?

—No, porque el general dice que eso de asaltar trenes es de bandidos y no de revolucionarios.

—Entonces, ¿vamos a Jesús del Monte a quitar el agua a los de Morelia ?

—Somos pocos …

—Ése es el chiste, jefe. Si no se hace algo ‘hora que andamos bien parqueados, acabarán por decir que tenemos miedo.

—¿ Miedo yo ? —repuso Aurelio, pelando tamaños ojos y abriendo de par en par el portón de su boca, para lucir los dientes orificados. Me juego la vida con cualquiera a que entro en un pueblo hasta la mera plaza y les finco su susto a los pelones.

—¿ En un pueblo que tenga guarnición ?

—En Ario, pongo por caso.

—¿ Y cómo?

—Ya les diré cómo, a los que quieran acompa­ñarme.

Días después Aurelio nos llamó para confiarnos su secreto. El plan era bien sencillo: había que preparar un torito de petate, y unos tocando las guitarras, otros los violines y otros disfrazados de maringuías, caer en Ario como una de tantas comparsas en los festejos del Carnaval, ya muy cercano. Aurelio iría metido dentro del animal y llevaría las armas escondidas en la panza del to­rito. Un indio de Opopeo encargóse de conseguir vestidos de mujer y máscaras pintarrajeadas para disfrazarnos; otro agente secreto compró en Paracho dos guitarras y otros tantos violines. Pero había que ensayar el son que se toca en estos pasos y don Ignacio nos pudo comprobar, por la pericia con que sacó la tonada, que ya era un ciego definitivo. Él sirvió de maestro a los músicos improvisados que, a decir verdad, aprendieron muy pronto los com­pases precisos para dar cima a aquella empresa, harto arriesgada por cierto.

Don Ignacio estaba en sus glorias a la hora de los ensayos, y nosotros parecíamos una banda de chi­quillos traviesos que preparan una diablura. Las cananas, bien surtidas de parque, habían hecho que los espíritus recobraran su brío.

Para músicos se eligieron a individuos de rumbos distantes, a fin de que no los conocieran al andar por las calles del pueblo con las caras descubiertas, y el papel de maringuías lo aceptamos Nazario y yo, con otros dos mocetones valerosos y fornidos.

—No te pongas tanta ‘nagua que a la hora de los cocolazos te estorbarán hasta para correr —decía-nos Aurelio, quien hacía veces de director de escena. Y tú, Nazario, quítate la pistola del cuadril que parece que trais polizón.

—Yo voy con ustedes —dijo resueltamente don Ignacio.

—Quédese, viejo; mire que nos estorbará.

—Déjenme ir siquiera hasta la orilla del pueblo. Me quedaré con los otros cuidando los caballos.

Nos emperifollamos con miles de desfiguros: fal­das rojas, amarillas, llenas de holanes y de cintas; blusas de color solferino, para dar cabida a aquello que el hombre coge en la lactancia y viene a abandonar el la vejez. Nos rellenamos con las carrilleras para  fingir morbideces que no existían…

Descendimos de la sierra y en un lugar espeso, que llaman El Pinalito, se organizó la mascarada. Aurelio revelóse allí como un buen capitán y como un férreo atleta, pues, además de no olvidar detalle y de hacer­nos oportunas recomendaciones, cargó con nuestros rifles acomodados dentro de la barriga del toro, sin que denotara torpeza alguna en los movimientos que hacía para embestirnos.

—De aquí no pasa usted —dijo Aurelio a don Ignacio—, y ustedes a bailar y a cantar hasta que estemos en la plaza.

Con el barullo y la emoción, el pobre don Ignacio parecía más nervioso que otras veces.

Era el martes de Carnaval y, por seguir los pasos de núestra comparsa, la tarde se revistió también con todos sus colorines.

Bajamos, tocando un son, por la calzada de Ca­nintzio, bordeada de árboles añosos que, al desplegar su ramaje, parecían abanicos gigantescos.

Upa!, torito, ¿quién te torea? Doña Juanita con su zalea…

Precedíamos mi perro, saltando alegremente. Mi perro, que ya había conquistado dos timbres entre los hombres de la revolución: su cariño y un nombre, Centinela, porque velaba con amor nuestro sueño, y con sus ladridos, nos daba siempre el toque de alerta.

De los tendajones salían gentes para vernos pasar, y los chiquillos nos rodeaban brincando y palmo­teando con regocijo.

¡Epa!, torito, ¿quién te agasaja? Doña Che pita con su sonaja …

Dos soldados, a medios chiles, se detuvieron en una esquina y, con señas indecorosas y groseras palabras, comenzaron a azuzar al toro: ora, ca… bresto, ensarta una puta de esas.

Al oírlos, Aurelio echóseles encima y nosotros creímos por un momento que allí terminaba la farsa, pero contentóse con ponerles los cuernos en la barri­ga, simulando un fiero derrote.

En la plazuela de Jesús María hubimos de dete­nernos para bailar el son y cantarlo:

¡Alza, torito color de canela, sube a la cama y apaga la vela!

Pasamos frente a la cárcel. Los presos, apiñados detrás de las rejas, reían al vernos brincar y sacudir en los cuernos del toro las rojas frazadas, desteñidas por la lluvia y el polvo de todos los caminos.

Un hombre del pueblo preguntó con curiosidad al de la bandurria.

—¿ De ‘ande viene la mojiganga ?

—De La Chuparrosa —contesté apresuradamente, temeroso de que mi compañero, por ser del norte, se atrojara en la respuesta.

Mi corazón latía sobresaltado, a medida que nos acercábamos a la plaza, y al desembocar en los portales, paré de bailar sintiendo que las piernas rehusaban sostenerme. ¡ Malditas piernas de niño baldado !

En la plaza no cabía ni la punta de un alfiler. Por las banquetas iban los catrines muy serios, echando paso volado, y las señoritas principales los seguían con el rabillo del ojo para que no las sor­prendieran con algún imprevisto cascaronazo. Los pelados perseguían a las criadas por entre los pra­ditos del jardín, y aquella a quien alcanzaban y le rompían un cascarón en la cabeza, tambaleábase como beoda, o como si le dieran un golpe con un martillo, que así de suaves suelen tener las manos los rancheros Mara sus inocentes caricias.

El toro pasó cerca de mí y Aurelio me dijo: —Desde el portal de las Infantes, pero cuiden de no tirar a las gentes pacíficas.

Los músicos herían con crueldad los pechos que­jumbrosos de las vihuelas:¡ Epa, torito, bríncate las trancas.

levántale a Chucha las enaguas blancas!

Baila de gusto, camina de prisa,

pa’ que le rompas también la camisa .. .

Intempestivamente, el toro se introdujo en una tienda del portal y todos nosotros le seguimos.

Aurelio tiró la armazón, y los músicos los instru­mentos, adonde el rey David aventó el arpa.

Como por encanto salieron las carabinas y los primeros tiros rasgaron el aire.

¡ Viva la revolución ! ¡ Mueran los asesinos de Ma­dero !

Mientras las maringuías nos despojábamos de nuestras vestimentas, los compañeros se agruparon en el portal, decididos a arremeter a cuantos se les enfrentaran. Los dependientes de la tienda quedá­ronse inmóviles, paralizados por el susto, y al grito de ¡ viva la Revolución !, la multitud que invadía la plaza se desgranó como una mazorca, dejando tal reguero de cascarones apachurrados, de frutas y de confeti, que aquello parecía un patio de vecindad, después de romperse la piñata.

Diez, en total, éramos aquellos chiflados que aco­metíamos la locura de caer en la propia madriguera de. sesenta pelones, armados hasta los dientes y provistos de una ametralladora que nos podía hilva­nar a tiros, como una máquina de coser, a los diez juntos; pero éramos diez voluntarios entusiastas, exaltados por las ideas de la Revolución, dispuestos, a morir en la raya, y no sesenta cuerdeados, tibios instrumentos de un gobierno de criminales, sin con­vicción y sin bandera.

Sin convicción y sin bandera, pero, repuestos de la sorpresa, comenzaron a aparecer por las bocaca­lles y a disparar duro y macizo, no precisamente con cascarones. Una bala dio sobre mi cabeza y el vidrio de un aparador saltó hecho añicos; otra vino a paralizar el brazo de uno de los guitarristas, el más distinguido en su breve carrera musical. Un certero disparo tocó el corazón a uno de los nues­tros, deshojándolo como si fuera una rosa.

También nuestros proyectiles abrieron en las car­nes enemigas grifos de sangre y de dolor. Mi rifle no se contentaba con herir, o matar: insultaba ira­cundo y sus estampidos parecían fuertes blasfemias que rebotaban en los progenitores de cada pelón.

Pero las carrilleras fueron quedando vacías.

—Hay que subir por la parroquia, antes de que nos corten las retirada —aconsejé a mis compañeros.

Al doblar una esquina vimos a un hombre, único en la calle desierta, que bajaba dando traspiés y blandiendo en el aire un garrote. Mi perro al verlo, corrió a él, agitando alegremente la cola. Aquel hombre era don Ignacio, el ciego, que salía fatalmente al encuen­tro de los tiros federales. Todos le gritamos a la desesperada:

—¡ Tírese al suelo !

—¡ Escóndase en el marco de una puerta! —¡ Estúpido !

—¡ Loco !

En un denodado impulso plantóse Aurelio en mitad de la calle intentando desviar la atención de los fede­rales.

—¡ Tiren aquí Collones !

Los tiros agujereaban el traje blanco de las pare­des, silbando a nuestro rededor con su trágica sire­nita.

Don Ignacio descendía con lentitud, la cabeza des­cubierta, los ojos inmóviles, como los de las escultu­ras, y un grito quebrado y ronco en la boca:

—¡ Abajo los ricos ! ¡ Vivan los pobres, los po. !

De pronto se detuvo, abrió los brazos y cayó de espaldas sobre las piedras de la calle.

Al pasar corriendo junto a él, lo vi tendido en forma de cruz, andrajoso, ensangrentado, sucio, como el Cristo de todos los tiempos, clavado estérilmente sobre la inmunda costra de la tierra.

Ganamos las orillas del pueblo y nos volvimos a perder entre las sombras del monte.

Llegó jadeante mi perro y me besó una mano. El hocico del animal deja en mi piel una humedad pastosa, coagulada, fría. ¡ Sangre ! Sangre de don Ignacio, el ciego, como un blasón lacrado en rojo sobre una carta de ultratumba .

De Mi caballo, mi perro y mi rifle, en Obras completas. Segunda edición. México. Editorial Porrúa, 1963, pp. 314­319.

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