EL COLECCIONISTA DE ALMAS

EL COLECCIONISTA DE ALMAS

EL FANDANGO

Grabador: José GUADALUPE POSASA; fecha aproximada el  Año 1900

SE ENCENDIERON las luces y salimos todos al pasillo. La Sonata a Kreutzer nos había dejado conmovidos por la forma en que la había tocado Kreisler, dando a cada tiempo una intención que seguramente hubiera aprobado Beethoven, y porque las consecuencias trastornadoras de esa música ya nos las había anunciado Tolstoy en uno de esos grandes libros del siglo XIX, en que la pasión enriquece y destruye la vida.

-Pero, Julio ¿qué te has hecho todos estos años?

Me sorprendió ver a Julio Aldasoro, mi compañero de la Escuela Nacional Preparatoria, que valientemente había abandonado los cursos del bachillerato para estudiar el violín con el maestro Miguel Lezama, famoso en el mundo musical mexicano Por su arte exquisito, su personalidad encantadora y una silueta en la que el chambergo, la melena que caía sobre el cuello y la capa española llevada con elegante soltura, le daban el aire de un artista francés de la juventud de André Gide.

-He estado en Francia, Alemania e Italia –me   contestó abrazándome.

-¿ Estudiando?

-Violín, no. Estudiándome a mí mismo –me dijo con una sonrisa cordial que pedía que no se le tomara muy en serio.

-¿Qué te pareció la Sonata?

-Los dos primeros tiempos admirables. Al tercero le faltó profundidad.

-Y a usted ¿ cuándo lo oímos? -preguntó a      Julio Aldasoro alguien del grupo.

-Pronto -contestó evasivamente.

-No lo oiremos nunca -aclaré yo-. Un concertista mexicano es una contradicción en los términos. Los verdaderos virtuosos nacionales tocan para públicos muy reducidos: Meneses tocaba para diez personas, Moctezuma para una media docena, y Ogazón para los pocos que llegaban los domingos hasta su casa de San Ángel.

-Pero con los violinistas es distinto –aclaró alguno.

-Bueno, la diferencia es que pueden lucirse al frente de una orquesta como violines concertinos, pero siempre les da miedo salir solos al escenario.

Sonaron los timbres anunciando que había terminado el intermedio. Julio Aldasoro me pidió que lo esperara al fin del concierto para irnos juntos.

Nos reunimos en la puerta y partimos en auto por el Paseo de la Reforma. En un rincón del Restaurante Chapultepec, donde comimos, me narró su historia desde que habíamos dejado de vernos en la Escuela Nacional Preparatoria.

Se había radicado en Monterrey, en donde vivía con lo que le producían sus clases de violín y una pequeña pensión familiar. De su matrimonio con una joven hermosa, de un espíritu todo nobleza y luz, había nacido un hijo sano e inteligente. Y cuando la vida les ofrecía una perspectiva, en apariencia indefinida, de bienestar y felicidad, Beatriz -su mujer- había muerto víctima de una epidemia de influenza.

-El tránsito de Beatriz -explicaba Julio- me arrojó en una crisis tremenda. No porque ella faltara, pues desde entonces estuvimos más juntos e identificados que antes, sino porque tuve que acostumbrarme a aquella presencia suya dentro de mí. Su alma estaba siempre conmigo.

Me le quedé viendo con una mirada interrogativa.

-Para que me entiendas -aclaró– te diré que su alma la llevaba yo dentro de mí. Apenas se hacía un poco de silencio a nuestro alrededor nos poníamos a conversar con la misma antigua camaradería, pero con una compenetración más profunda. Llegué a no echar de menos su presencia física. Había entre nosotros un perfecto entendimiento. Es claro que sentíamos el mundo de un modo distinto, pero nuestros puntos de vista se acoplaban entre sí como

el campo visual del ojo derecho y el del ojo izquierdo.

-¿ Y eso no te ha impedido estudiar música?

-le pregunté para obtener mayores informes sobre su caso:

-En absoluto. A veces me exige mucho trabajo, pero es un esfuerzo muy útil. Cuando estoy poniendo alguna obra tenemos a veces algunas diferencias. Ella suele dar a una frase una significación distinta de la que yo le doy. Beatriz siente algunos pasajes con una pasión que a veces me parece alejarse de la intención del compositor. Ahí tienes. por ejemplo. la Sonata a Kreutzer… ¿Te aburro? -me preguntó intempestivamente.

-De ningún modo -respondí con toda sinceridad.

-Pues en la Sonata a Kreutzer tenemos tantas diferencias de interpretación que he decidido no tocarla nunca. Creo que es una obra que dice una cosa a la mujer y otra al hombre. . .

-Como toda la música.

-No, no sólo en ese sentido. Creo que es la obra que despierta y pone en movimiento en la mujer y en el hombre dos órdenes emocionales distintos.

-Bueno, algo de eso lo adivinó Tolstoy.

-Pues Beatriz y yo nunca estamos de acuerdo en los trozos más apasionados de la Sonata. Pero cerremos este paréntesis -dijo abandonando el tema-o Te acabaré de contar. El tránsito de Beatriz y esa duplicación de mi vida espiritual acabaron por agotarme. No podía tocar. no podía tampoco estar tranquilo. Me pasaba todo el día con nuestro hijo -Jorgito- que, en lugar de hacerme olvidar a Beatriz, me la recordaba constantemente porque, con notable clarividencia, me decía: “Aquí en el pecho llevas a mi mamá.” Al fin mi padre me obligó a hacer un viaje de descanso. Fui a París. . .

-¿ Estudiaste en París?

-Ni en París, ni en Berlín, ni en Roma. Estaba yo deshecho. Iba a una verdadera cura espiritual. En París estuve poco tiempo porque Madame Briffaut -la clarividente europea más famosa entonces- me dijo que en Berlín me esperaba una sorpresa consoladora. Retardé un poco el viaje por enfermedad. pero al fin llegué a Berlín. Me alojé en una gran pensión que sostenían varios gobiernos hispanoamericanos en el barrio de Charlotemburgo, la Latein-.4merikanisches Uebersee-Haus. donde vivían profesores, estudiantes, artistas y diversos becarios latinoamericanos. Mi primer encuentro fue con una gran dama, que daba de comer a la mayor parte de los huéspedes y que me recibió como si me hubiera conocido desde mucho tiempo atrás. En una pequeña sala decorada con sarapes mexicanos, mantas chilenas y ponchos argentinos nos quedamos solos la primera tarde. Después de conversar sobre varias cosas me dijo con la mayor naturalidad: “Espere usted aquí conmigo: él llega a la seis.”

-¿ y quién era él? -pregunté yo inocentemente.

-Don Juan Maldonado, su esposo, que había muerto dos años antes. En efecto, a las seis llegó su espíritu. Fino, comunicativo, con una aureola luminosa y cierta distinción melancólica que le caía muy bien. Estuvimos entretenidos en un coloquio de extraordinaria pureza y elevación. Fui desde entonces invitado constante a esas visitas, y la señora Maldonado me distinguió particularmente con su amistad y su benevolencia.

-¿Y no se encelaba el espíritu del Sr. Maldonado?

Julio se echó a reír cordialmente y me dijo con tono afectuoso.

-Tú, como siempre, de todo haces bromas.

Y después de una pausa prosiguió:

-Pues en la Uebersee-Haus vivía un matrimonio argentino. Los dos eran artistas de cine y habían trabajado en películas para la UFA. Ella era preciosa. Mujer blanca, de tipo europeo. Producto de esa belleza italiana un poco ruda, que al mezclarse con sangre criolla gana un refinamiento asombroso. Esa sangre es la gota de elixir que disuelve todas las impurezas. A su belleza y su gracia unía una personalidad insinuante, con ese dominio que da a la mujer refinada una sociedad, como la argentina, sensible a todas las perfecciones femeninas. En una de las películas había hecho, con gran éxito, el papel de Cleopatra. Entre ella y su marido había una enorme diferencia. El representaba, con bastante éxito, el tipo del argentino cargante, fatuo, suficiente, insoportable. En todos los países del mundo hay hombres odiosos, pero el argentino de esta clase supera a todos. . .

-Es aquello de que el animal que más se parece al hombre es el argentino…

-Exactamente. Bueno, nadie, nadie lo podía ver en la Uebersee-Haus. A mí me cogió una ojeriza feroz. Hacía muchos meses que yo no tocaba el violín, pero para Lena Agustini -que así se llamaba la actriz- yo tocaba todas las noches. Espíritu puro, oyó con fraternal interés mis confidencias sobre el tránsito de Beatriz y los coloquios con su espíritu.

Habíamos logrado una identificación completa, una identificación espiritual…

-Que habrá objetado el señor Agustini.

-No, él no se apellidaba Agustini. Su nombre era Leonís de Novelo. No hizo ninguna objeción. Lo único que le preocupaba era demostrar, siempre que había oportunidad para ello, que su arte era muy superior al de su mujer. Sobre esta cuestión tenían discusiones, a veces largas y hasta desagradables. En la película en que Lena representó a Cleopatra le habían dado a Leonís de Novelo el papel de Marco Antonio. Jlste hablaba de su actuación en términos que daban a entender que a Lena se le había contratado sólo porque Leonís lo había impuesto como una condición al empresario. Una noche, en que hubo una discusión más agria que de costumbre, me di cuenta, con gran clarividencia, que Leonís llevaba en el pecho un nudo de serpientes. Cinco o seis serpientes, unas bien enrolladas en las otras, descansando tibiamente dentro de él. Su espíritu no podía tener mejor compañía.

_¿ Serpientes vivas? -pregunté asombrado.

-Serpientes reales y por lo tanto vivas —contestó Julio-, pero sólo visibles a los que tenemos bien desarrollada una percepción clarividente. Ahí estaban, felices en aquel nido tibio.

-¿Dentro de Leonís?

-Claro. Sólo que no ocupaban lugar. ¿ Es real una sonata? ¿Es real tu imagen en el espejo? Y ¿ qué lugar ocupan? Ahí estaba el nudo de serpientes. Y lo peor es que Leonís se dio cuenta que yo lo había descubierto y, por ese motivo, aumentó más su odio contra mí. Ya te he dicho que la Sra. Maldonado -que daba de comer a la mayor parte de los huéspedes de la Uebersee-Haus-, tenía particulares deferencias conmigo. En el Berlín de aquella posguerra era casi imposible conseguir leche.

El café se tomaba con unas gotitas de crema. Pues una noche la Sra. Maldonado me hizo el extraordinario obsequio de una botella de leche. Imagínate:

¡ una botella de leche en Berlín después de la guerra!

-Casi un regalo principesco. . .

-Efectivamente. Pues el malvado de Leonís, que se dio cuenta de ello, estuvo espiando a que yo saliera del comedor y me retirara a mi cuarto. Dejé la botella de leche sobre la mesa de noche y salí un momento al baño. Al regresar, lo primero que veo sobre mi cama es el nudo de serpientes que yo había sorprendido en el pecho de Leonís. El malvado, sabiendo que a las serpientes les encanta la leche, las había abandonado en mi cama, a un metro de distancia de la botella que me había regalado

la Sra. Maldonado.

-Pero Julio, si las serpientes eran imaginarias…

-¿ Cómo, imaginarias? Eran perfectamente reales.

-Pero tú has dicho que eran tan reales como una imagen en un espejo. ¿ Cómo iban a sentir el apetito de la leche?

-¿Por qué se pone la corbata tu imagen en el espejo?

-Porque me la pongo yo.

-Ahí tienes. Si a las serpientes reales les agrada la leche, su imagen verdadera debe de tener sus mismas inclinaciones.

-Bueno ¿y qué pasó? -pregunté renunciando a mis objeciones.

-Que no me quedé mucho tiempo con aquellas serpientes. Esa misma noche fui a su cuarto, le dejé un vaso de leche como un presente amistoso, con una tarjeta cordial. .. ¡ Y el nudo de serpientes encima del tocador!

Y rió con la noble franqueza de quien, aprovechando una sana malicia, hubiera realizado una acción digna de universal encomio.

-La situación con Lena tuvo después otros desarrollos. Ella era seguramente la sorpresa consoladora a que se refería la clarividente de París. A principios del otoño, un día en que Lena había ido de paseo en auto con uno de los mejores pilotos de Alemania, tuvo un accidente terrible en que perdió la vida. El tránsito de Lena volvió a revivir en mí todos los recuerdos dolorosos del tránsito de Beatriz. Antes de que llegara su cadáver a la UeberseeHaus, sin que yo supiera nada y cuando bajaba la escalera, lanzado a la calle por un presentimiento que me hacía temblar, vi un vuelo blanco y de repente un reflejo luminoso. Era el espíritu de Lena que llegaba hasta mí pidiendo hospitalidad. Lo recibí de mil amores, con un regocijo indecible, con una beatitud que me redimía de los dolores y de las penas que había tenido en los últimos meses.

-¿Y qué dijo el espíritu de Beatriz?

-También se regocijó. Lena fue entonces para ella como una hermana mayor. Tenía más experiencia, pero igual elevación y pureza. Durante el velorio que se celebró en la Uebersee-Haus me di el gusto de contemplar en el alma de Leonís el nudo de serpientes que había vuelto a su sitio, y de ser yo quien custodiaba, como un precioso tesoro, el espíritu de Lena. En realidad él nunca la había merecido.

-Y él ¿sabía que tú llevabas dentro de ti el alma de su mujer? -pregunté intrigado.

-No. Era incapaz de ninguna visión clarividente. Lena, desde mi interior, lo contemplaba con lástima, con verdadera lástima. Desde entonces me acompaña. Bueno, desde entonces nos acompaña.

Se me quedó mirando en espera de alguna observación. En su rostro se reflejaba una placidez que no podía compararse con ningún gesto rudimentario de una satisfacción animal.

-¿y vives en compañía de las dos? -pregunté. -Sí.

-¿ y no te molestan sus rivalidades?

-No seas mal pensado. ¿Qué rivalidades puede haber entre dos almas, ambas puras aunque distintas ?

-Es que si las almas conservan los atributos de los cuerpos, como las imágenes conservan la estructura de la realidad, algunas dificultades puedes haber tenido.

-El alma, mientras más pura, más pronto se     olvida del cuerpo y de todos sus apetitos.

-¿ y todavía vives con ellas?

-Sí, felizmente, y creo que nunca me abandonarán. No puedes darte cuenta de la beatitud, de la verdadera beatitud que es mi vida. Me hablabas hoy en la mañana de dar conciertos para un público que exige el grosero lenguaje de los sonidos. No sé si podrás entender, pero ¿qué es eso comparado con el placer de que disfrutamos?

-¿Qué placer?

-Me siento con Beatriz y con Lena en la sala, en un silencio cargado de efluvio s extraterrenos. Nos ponemos a leer una partitura de Mozart. Cada uno la vamos tocando dentro del alma, y son como tres melodías que se superponen. Se diría un violín de triple resonancia. Pero llega un pasaje en que la frase musical deja de coincidir, hay variantes impuestas por una lectura distinta, personal de cada uno. Entonces ya deja de ser un violín de triple vibración para convertirse en un verdadero trío, en el que las melodías se persiguen y se confunden, se responden y se aclaran. Y en nuestra lectura personal probablemente los tres tenemos razón, y el genio de Mozart debe de haber pensado que su partitura  podría leerse de esas tres maneras distintas.

-Pero ¿ tú oyes esas tres lecturas musicales? -Por supuesto. ¿No entiendes tú lo que lees con los ojos? Y leyendo con la vista ¿no puedes apreciar la musicalidad de un verso o descubrir que a un verso le faltan sílabas? .

-Claro que sí. Pero tú hablas de tres lecturas musicales simultáneas.

-No hay ninguna diferencia. Es como si fuera una sola partitura de mayor complejidad. Piensa que con los ojos, frente a la partitura de una sinfonía, puedes levantar en tu interior todas las sonoridades de una orquesta de cien profesores.

-¿ De modo que la música que suena no te hace falta?

-Ninguna falta. Ni la música que suena, ni la vida que suena. Vivo en el acuario más luminoso de mi vida interior, acompañado por dos sirenas celestiales, libres para siempre de la fatalidad del destino y la materia.

-Pero ¿no te hace falta dominar el violín, así como el charro necesita montar un caballo e imponerle su voluntad?

-Bueno, si te he de ser franco, eso me falta a veces. Leer música con la vista es como hacer proyectos, pero ejecutarla en un instrumento es como llevarlos a la práctica venciendo las dificultades de la realidad.

-¿Y qué piensas hacer? -interrogué intrigado por el destino de aquel hombre que parecía irse saliendo del mundo.

-¿ Qué quieres que haga? Lo mismo que harías tú en mi lugar: seguir viviendo en este plano purísimo del espíritu, contento con mi suerte extraordinaria. Por el alma de todos los hombres cruzan, en vuelos fugaces, regando consuelo y ráfagas geniales, los espíritus desaparecidos. En mí se quedan. Es una felicidad que no merezco, pero ¿qué puedo hacer sino gozar de tan excelsa compañía?

-Pero ello reduce mucho tu capacidad de acción.. .

-¿Qué importa? Toda acción tiene la finalidad de llevarnos a planos cada vez más elevados. Yo ya vivo en esos planos. Una acción innecesaria perturbaría la beatitud de esos espíritus huéspedes que viven dentro de mí.

De sobremesa siguió explicándome por largo rato, cada vez con más pormenores, la inefable felicidad en que vivía, acompañada su alma de aquellos dos espíritus femeninos.

Durante muchos meses no volví a ver a Julio Aldasoro, ni siquiera en los mejores conciertos de la temporada. Lo imaginaba en una especie de nirvana endulzado con las músicas más espirituales. De su actividad como concertista nada decían ni los diarios ni las revistas musicales. Aquel hombre afable y extraño parecía haber desaparecido del mundo.

Una noche de otoño, después de la cena cuando dormitaba sobre un libro, me despertó un murmullo de voces en el vestíbulo. Poco después entró una sirvienta, inquieta y disgustada.

-Ahí lo busca a usted un señor… el señor Aldasoro. .. acaba de romper la guardabrisa labrada que había en la mesa de la entrada… Si el señor me perdona yo creo que el señor de abajo no está bien.. .

-¿ Está enfermo?

-No. Pero me parece que no está bien -y titubeó un poco- de la cabeza.

Corté la conversación y ordené que subiera el visitante.

Cuando llegó Julio Aldasoro al fin de la escalera nos dimos un abrazo. Estaba más delgado que la última vez que lo había visto, meses antes, en el concierto de Kreisler.

Le hice entrar en la biblioteca. Se sentó, con muestras de preocupación, entre un leve crujir de  muebles.

-Julio ¿dónde te has metido todo este tiempo?

-En México, una temporada, y otra en Monterrey.

-A propósito de Monterrey mira lo que me han mandado. Trabajan el vidrio admirablemente. Y este vaso de cristal cortado es precioso.

Y me disponía a pasarle un vaso de elegante dibujo y abundantes cortes cruzados, cuando me de tuvo con una explicación peregrina.

-No me lo acerques, por favor. Es cierto lo que te ha dicho la sirvienta: yo rompí el guardabrisa que estaba en la mesa del vestíbulo. Al acercarme a dejar mi sombrero se estrelló. Cuando estoy en estados como el de ahora, el fluido que despido rompe, a treinta o cuarenta centímetros, los cristales. Y además los muebles crujen a mi paso. ¿No oíste crujir los muebles cuando entré?

-¿Estás seguro de que crujieron? –pregunté para evitarle preocupaciones.

-Por supuesto. Estoy cargado de efluvios anímicos. Desde hace varios días soy como un campo magnético.

-Julio, no seas aprensivo. Todos somos un campo magnético.

-Sí, tienes razón -dijo calmándose-o ¿Me perdonas que haya roto tu parabrisa?

-La cosa no vale la pena. ¿Y qué es de tu vida?

-¿ Quieres, en realidad, que te diga qué es de       mi vida?

-Por supuesto.

-¿ De veras?

-¡ Claro está!

-Pues tengo un conflicto en el que tú podrías acaso ayudarme. Es una situación grave, verdaderamente insostenible.

-¿ Qué te pasa?

-Tengo forzosamente que ir a Francia. Mi padre está en los Estados Unidos, ignoro en qué lugar, y no volverá en algunos meses. Ya no puedo soportar más, me es imposible esperarlo y necesito doscientos dólares para mi viaje. Es cuestión de vida o muerte. ¿Podrías prestármelos mientras sé dónde anda mi padre?

Todo esto lo había dicho nerviosamente, como si no quisiera pensar en ello, con un esfuerzo que hacía más patética su confesión y su demanda de ayuda. Se me quedó mirando con gravedad como preparándose estoicamente a recibir una respuesta negativa.

-Es posible que tenga todavía doscientos dólares en mi cuenta en Nueva York -le contesté.

Saqué de mi escritorio la libreta de cheques del banco neoyorquino donde mantenía un pequeño depósito de dólares, ahorro olvidado voluntariamente para alguna ocasión urgente.

Vi la libreta. Escribí y firmé el cheque. Al entregárselo le pregunté:

-¿Dices que es una cuestión de vida o muerte?

-Así es -me contestó preocupado.

_y ¿ qué vas a hacer a Francia? -inquirí movido más por interés en su suerte que por curiosidad.

-Perdón ame que no te lo diga -contestó con gran seriedad-o y si mi respuesta es una condición del préstamo, prefiero renunciar a él -y me extendió el cheque que yo acababa de entregarle.

-De ningún modo. Conserva el cheque, úsalo como quieras. Resuelve tu problema del mejor modo posible. Ya cuando todo haya pasado me contarás lo que creas conveniente.

Se dulcificó su rostro. Un brillo de afecto apareció en sus ojos y su voz tuvo inflexiones amables.

-Te ruego que me perdones. He sido rudo contigo. Cuando sepas lo que estoy pasando me disculparás fácilmente.

Lo tranquilicé lo mejor que pude. Bajé con él hasta el vestíbulo y le abrí la puerta.

Regresé a mi lectura, me entretuve después en revisar unos papeles viejos y ya estaba a punto de irme a la cama, cuando oí que llamaban a la puerta. Bajé, encendí las luces y pregunté a través de la puerta:

-¿ Quién es?

-Soy yo, Julio. Abreme por favor.

Abrí, y de la oscuridad que inundaba la calle entró a la zona iluminada del vestíbulo Julio Aldasoro. Al verlo solté la risa.

-¿ Qué diablos te pasa?

Venía sin sombrero, el abrigo dejaba ver el cuello del pijama de grandes rayas azules. Calzaba pantuflas y llevaba un paraguas en la mano.

-¿Te ibas a acostar? -me preguntó.

-En este mismo momento.

-Es lo que temía. Por eso llego en estas trazas.

Tenía que verte esta misma noche. Al regresar a casa me acosté y tuve una pesadilla horrible. Me condenaba un tribunal de demonios por no haberte tenido confianza hace tres horas, cuando me preguntaste a qué iba yo a París.

-Pero, Julio, déjate de bromas. Vuelve a tu casa y acuéstate.

-No. Esa pesadilla es un reproche subconsciente. Nada me saldrá bien si no te cuento lo que me pasa.

-No me tienes que contar nada. Lo mejor es que descanses para que prepares tu viaje.

-Pero tú querías saber lo que voy a hacer a París.

-Fue una curiosidad mecánica. Pregunté para mostrar interés en tus cosas.

-Pues tienes que saberlo todo.

-Julio, no tengo necesidad de saber nada. Me basta con saber que tienes los medios para resolver tu problema.

-Pero sería para mí un gran consuelo que supieras lo que me pasa.

-Estoy dispuesto a oír lo que quieras contarme; pero no te sientas obligado a hacerme confidencias.

-Bueno, si insistes me voy. Pero para mí sería un verdadero consuelo que me escucharas.

Se disponía a partir. Lo tomé por los hombros y lo hice sentarse de nuevo en el sillón. Se acomodó lo mejor que pudo y, con cierta solemnidad, empezó su historia.

-¿Recuerdas lo que te conté de mi vida cuando nos encontramos en el concierto de Kreisler?

Moví afirmativamente la cabeza.

-Pues aquella felicidad duró unos cuantos meses más y luego se interrumpió bruscamente. De Berlín recibí una carta anunciándome la muerte de Leonís de Novelo. ¿Lo recuerdas? El artista de cine, marido de Lena Agustini. La noticia no me causó ninguna impresión. Nuestras relaciones no habían sido afectuosas, ni siquiera cordiales. Lena      nunca pensaba en él.

-¿Lo había olvidado?

-Completamente. Pero una vez fui al puerto aéreo para despedir a un amigo. Cortando en dos una tarde fresca de septiembre, cuando la luz empezaba ya a apagarse, brilló una ráfaga fosforescente y un gran reflejo verde nilo. ¡ El alma de Leonís de Novelo! Entró en mí como una exhalación.

_¿ Con todo y su nudo de serpientes?

Y sin contestar a mi pregunta continuó: -Entró en mí como si me hubiera andado buscando. Y se instaló dentro de mí. Esa alma intrusa acabó con la tranquilidad en que vivíamos. Sus choques con Lena son constantes. Como acababa de morir lo dominaban todas las preocupaciones mezquinas del mundo. Se senda un actor genial y renovó sus rivalidades cinematográficas con Lena.

Esta no se daba por enterada, pero las constantes impertinencias de Leonís acabaron con la tranquilidad en que vivían nuestros espíritus.

-Pero ¿por qué 10 recibiste? ¿No podías, digamos, cerrarle las puertas?

-Yo soy un espíritu tan evolucionado que estoy abierto como un campo de aterrizaje a todos los demás espíritus.

Hizo una pausa y continuó:

-Aquel cuarto espíritu no gustaba de Mozart, ni de los crepúsculos que iluminan las armonías espirituales, ni de contemplar cómo se entretejen los más gratos  efluvios con los paisajes lunares en los jardines abandonados. Era un espíritu todo ruido y fatuidad, inflado de soberbia y envenenado de envidia.

-Pero ¿no dices que los espíritus van perdiendo los atributos corporales humanos?

-Cuando son puros o tienen capacidad de purificación. Pero los espíritus inferiores tardan mucho tiempo en desprenderse de las lacras terrenas.

-Bueno, pero con el tiempo que ha pasado, Leonís se habrá ido corrigiendo.

-No existe el tiempo para el espíritu: un instante es igual a la eternidad. Y Leonís, en lugar de corregirse, empeora cada día. Es decir, no empeora, sino que persiste. Ha acabado por trastornar definitivamente nuestra paz interior.

-Pero ¿ qué hace?

-Es de una trivialidad nauseabunda. Como siempre está entretenido en recuerdos superficiales y vulgares -que a veces presenta con cierta gracia ha contaminado al espíritu de Beatriz y al de Lena, las cuales se suelen divertir ahora con sus monerías. ¿Te das cuenta de lo que es sustituir la música de Mozart por los acordes falsamente desgarradores de un tango? Pues ahora vivimos todos la mayor parte del tiempo en un ambiente intolerable de tango argentino. Por supuesto que a mí no me conmueve esa música vulgar, pero como soy dueño de casa tengo que soportar lo que divierte a los invitados.

-y ¿por qué no te aislas de ellos?

-Es que su espíritu vive en mi espíritu, y están presentes en lo que siento. Tiñen mis recuerdos, influencian mis inclinaciones. Es trágico. Si supieras que en ocasiones me he sorprendido tarareando compases de tangos argentinos con el mismo respeto que antes tenía por una frase de Haendel o de Bach. No sé ya cómo defenderme de ese intruso porteño. . .

-Pero, si es tu huésped ¿por qué no lo echas fuera? -pregunté orgulloso de poder sugerirle un remedio eficaz.

-Ya lo he pensado. .. y ya lo he puesto en práctica. Como Leonís fue artista de cine y es vanidoso y trivial, fui un día -sin confesarme nada para que él no se diera cuenta- a uno de los más grandes estudios cinematográficos en la calzada de Tlálpam. Rodaban una película histórica. Aparecía San Martín, el héroe argentino, en todo su esplendor. Más distinguido y más generoso que Bolívar. Con esa película el productor quería ganar el mercado argentino. El actor era uno de esos tipos que son el encanto de las damas. Hermoso, robusto, un tenor de gran estilo de café concierto y un tanguista de mucho corte y confección. Cuando rodaron la escena de la entrevista ‘de San Martín y Bolívar en Guayaquil, me di cuenta de que algo trastornaba a Leonís. Me quedé quieto, sin hacer la menor insinuación interior para no despertar sus sospechas y su impertinente manía de contradicción. Noté que su espíritu salió de mí cuando San Martín deshacía, con gestos solemnes y palabras generosas, al pobre de Bolívar, que era un tipo enclenque y deslucido. Aproveché la confusión. Abandoné tranquilamente los estudios, libre ya de aquel huésped importuno que había escogido su nueva mansión en el pecho de San Martín. Aquella noche fue de una felicidad perfecta.

Hizo una pausa, como quien recoge sus recuerdos, y continuó:

-Había luna llena y en la transparencia lechosa del ambiente llegué a casa. En el jardín contemplamos el cielo y revivimos en la memoria todos los momentos felices que habíamos vivido en los últimos tiempos. Fue un instante de’ tan inefable perfección que pedí a Beatriz y a Lena que se materializaran bajo aquella luz maravillosa. Beatriz apareció con sus preciosos pies desnudos, en una bata que dejaba transparentar su cuerpo y descubría su cuello de alabastro bajo la luna. Lena apareció extendida sobre el césped, representando a Cleopatra, entre gasas que dejaban ver todos sus encantos y ofreciendo un seno desnudo a la voracidad de la serpiente. Esa fue una noche de felicidad perfecta.

y luego continuó apagando su entusiasmo:

-Pero esa felicidad no duró mucho. Una tarde, en que, repetíamos en nuestras almas una música de jardín de Mozart, sonó un lamento de tango y el espíritu de Leonís tomó de nuevo su lugar entre nosotros. Desde entonces todos somos sus víctimas: está acabando materialmente, es decir, espiritualmente con nosotros. No tiene límites su impertinencia, su majadería, su vulgaridad.

Descansó Julio Aldasoro. Dejó caer su cabeza como una víctima indefensa, y sus manos se movían de vez en cuando como subrayando las réplicas de una conversación interior. Me conmovió. Tenía la convicción de que mi pobre amigo sufría un mal extraño p’U'a el cual los remedios naturales no sirven de nada. Quise decirle una palabra de consuelo, y no se me ocurrió nada. Para acabar con aquel silencio penoso traté de adivinar sus proyectos:

-Y ahora quieres ir a Francia para ver si ese espíritu trivial te abandona para entrar en la vida de algún gran actor, canzonetista de music-hall o artista de variedades, de esos de fama internacional.

-No. Para los espíritus no hay distancias. Si Leonís hubiera querido ya estaría en París o en China. No. La distancia no es obstáculo. Se queda con nosotros porque es un sádico y le gusta torturarnos. y como es un espíritu de una increíble vulgaridad, no es fácil que renuncie a ese morboso placer.

_y entonces ¿qué vas a hacer a Francia? —pregunté sin pensar, pero inmediatamente me disculpé de mi indiscreción:

-Perdóname, olvida mi pregunta. Basta con lo que me has dicho. Te lo agradezco. Estoy seguro de que tu viaje es necesario. Y deseo en el alma que resuelvas tu problema. Te agradezco tus confidencias, y ahora a dormir y a preparar tu viaje a Francia.

Y me levanté del sillón, dando por terminada la entrevista. Pero Julio Aldasoro no se movió de su asiento y me dijo con calma:

-He venido a contar te todo y no me iré sin que oigas el final.

-Renuncio al final.

-Pero yo no renuncio a la obligación que me he impuesto de decírtelo todo.

-Como tú quieras -contesté sin darle importancia a la cuestión.

-Pues cuando el espíritu de Leonís se entró en el pecho de San Martín -en la película de que te conté- me di cuenta de algo muy importante. Su atracción por San Martín, no sólo era por el héroe, verdadero ídolo de todos los argentinos, sino por el actor que personificaba a San Martín. ¿Entiendes?

-Ni una palabra.

-No sólo admiraba a San Martín sino al actor, es decir, le gustaba el actor y San Martín era nada    más un pretexto.

-¿Un pretexto de que?

-Bueno, quiero decir que descubrí inclinaciones homosexuales en Leonís.

-¡ Pero si es un espíritu, Julio!

-Sí, pero un espíritu vulgar que conserva la mayor parte de sus atributos corporales. Ya había tenido cierta vaga sospecha, pero esa vez fue una convicción. Y entonces me expliqué su rivalidad con Lena, su envidia casi femenina, ese propósito de intervenir en todo, como los homosexuales, sin esprit de suite… De ahí su capacidad infinita de aguafiestas del espíritu…

-¿ Y eso cambia la situación del problema, de tu problema? -pregunté buscando un final a nuestra conversación.

-Por supuesto. ¿No has visto últimamente en los periódicos todos esos cambios de sexo realizados en Inglaterra y los Estados Unidos?

-¿ Y eso qué tiene que ver?

-Leonís puede haber pertenecido a esa clase. Es posible que haya vivido siempre como hombre cuando, en realidad, era una mujer. Y está claro que eso varía la situación. No puedo arrojarlo de mí, pero sí, acaso, cambiar su sexo, y entonces todo se arreglará. En nuestro coro interior habrá otro espíritu femenino.

-Lo que tú quieres es tener un serrallo -le dije intempestivamente, olvidándome de la gravedad de la situación.

Se echó a reír cordialmente, con gran soltura, como si se hubiera roto algún resorte interior que bloqueaba todo desahogo.

-¡ Qué bárbaro! Hace seis meses que no reía.

Me hace bien tu buen humor, y hasta creo que es de buen agüero.

-y ¿vas a cambiar de sexo el espíritu de Leonis?

-pregunté aprovechando el ambiente.’de confianza y buen humor a que habíamos llegado.

-¡ Exactamente!

-Pero eso es una locura; Julio.

-Eso mismo creía yo -me explicó sin ofenderse-, pero cuando se me ocurrió esta solución escribí a Madame”‘ Biiffaut, esa gran clarividente que conocí en París. Y ella me dice que vale la pena intentado.

-¿Cambiar ‘el sexo de un espíritu? –pregunté con una-entonación que subrayaba lo absurdo de la idea. . .   .

-No, no es eso exactamente. Déjame explicarte, porque a lo mejor vas a pensar que estoy loco de remate. Como el espíritu de Leonís es tan impuro y está todavía tan ligado a atributos corporales, se trata de hacerle sentir que en su cuerpo dormía oculto, por uno de esos misterios explorados por la nueva cirugía, .otro sexo. Hay que hacerlo sentir que era hombre superficialmente y que, en el fondo, el sexo fijado en su verdadera morfología era el sexo femenino. Una vez que su espíritu adquiera esta convicción se comportará como un espíritu femenino. Cambiarán sus anhelos, sus gestos, sus inclinaciones, sus diversiones. Por otra parte, un espíritu femenino. podrá sufrir la influencia benéfica de Beatriz y de Lena. La situación, es decir, mi situación interior se resolverá definitivamente.

_¿ y Madame Briffaut te dijo que eso se puede hacer? -pregunté con acento de duda.

-Bueno, Madame B.riffaut me escribió una larga carta diciéndome muchas cosas. En primer lugar, que nunca se había hecho antes tal cosa; que era una experiencia única; que valía la pena de intentarla y que estaba dispuesta a ayudarme gratuitamente. Agregaba que el tratarse de un sujeto como yo -que tiene una calidad espiritual de excepción aba seguridades de éxito y, finalmente, que era una ventaja contar con un espíritu tan trivial como Leonís, que acaso por novelería y exhibicionismo estaría dispuesto a cambiar de sexo.

-¿Y te vas a París a intentar la famosa experiencia?

-No me queda otro camino. No puedo continuar viviendo como he vivido estos últimos meses. Cualquier remedio, por costoso o por desesperado que sea, es preferible a esta tortura diaria, lenta, inescapable.

Se levantó de su asiento y bajamos la escalera. En el vestíbulo, al ponerle el abrigo, quise ofrecerle una perspectiva halagadora.

-Y cuando cambie de sexo Leonís, volverán ustedes a la música pura. Sólo que en lugar de un trío, ya podrán disponer de un cuarteto.

Se quedó meditando mientras se abotonaba el abrigo, y yo continué:

-Yentonces podrán tocar, en lo más íntimo del alma, los últimos cuartetos de Beethoven…

Se volvió hacia mí repentinamente.

-¿ Cómo adivinaste que eso estaba yo pensando?

Tú también tienes algo de clarividente.

Me echó un brazo al hombro y caminamos hacia la puerta. La abrí. La noche se ennegrecía afuera. Me dio un abrazo cordial y se me quedó mirando con afecto.

-Buen viaje -le dije, y luego como una contraseña y un anuncio de un futuro mejor le recordé uno de los temas del famoso cuarteto de Beethoven-: “Muss es sein?”

Me apretó contra él y sin dejar de mirarme, respondió.

-”Es muss sein.”

Y se perdió en las sombras de la noche.

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