CALIXTRO ANDRÉS

CALIXTRO ANDRÉS

Ramón Rubín

-Hay gradaciones en la cultura humana

que vuelven relativa la lógica usual.

LA MAÑANA en que se vio libre por las calles de la ciudad de Oaxaca tuvo la sensación de estar entrando en un mundo onírico al que no iba a poder adaptarse jamás. Nada allí respondía a las rudimentarias concepciones de su lógica. Las casas, la gente, el tránsito rodante…; todo le aturdía y mareaba. Y maldijo de los investiga-dores de la Procuraduría de Justicia del estado que, al descubrir que 11 de los confinados en el penal permanecían allí mucho después de haber cumplido sus condenas, los arrancaron de él y los arrojaron a la calle como se arranca y arroja a un chicalote intruso que está invadiendo el coamil.

Calixtro Andrés había sido sentenciado a ocho años de cárcel y llevaba 37 prisionero en el Reclusorio Estatal Ixcotel, quizá porque en los juzgados o en la alcaldía se extravió algún papel concerniente a su condena.

En ese término había envejecido. Pero estaba tan adaptado y contento con su vida en el penal que su mejor esperanza era seguir en él hasta morir allí. Cuando de súbito le abrieron las puertas y lo empujaron al desamparo de la libertad.

El recuerdo del conflicto que dio motivos para su cautiverio constituía ya una idea nebulosa que había perdido toda su capacidad irritante. No quedaba en su ánimo ni un ápice de resentimiento por lo que alguna vez había considerado una injusticia. ¡ Fue tan simple y tan inesperado!… ¡Y al final de cuentas le había resultado tan bien!…

El soldado aquel que estaba de centinela al pie del peñasco cercano a su choza debió ser un arcángel o un fantasma enviado por San Miguelito para mejorar su destino. Lo de que estaba de guardia allí como parte del destacamento militar enviado por la Federación desde Tlaxiaco para que restableciera la paz, a causa de que entre los vecindarios de Santo Domingo y San Andrés Chicahuaxtla, que vivían tradicionalmente en perpetua rivalidad, había ocurrido una matazón provocada por un incidente en el que los niños del primero de esos pueblos, que venían de la escuela de San Andrés por carecer de maestro la suya, fueron vejados y maltratados por los de esta localidad, tal vez no tuvo fundamento real. Calixtro tenía el hábito de encaramarse cada atardecer en aquel peñasco para contemplar la perspectiva de las tierras bajas que se divisaban desde allí; y medroso por la presencia del centinela lo anduvo rondando durante un rato antes de decidirse a inter-cambiar unas miradas tímidas con él. El mílite fumaba, con unas genuflexiones que delataban cierta extraña delectación, cigarrillos de un tabaco verdoso que él mismo liaba toscamente en un trocito de papel periódico. Y como antes de utilizar ese tabaco lo espulgaba, tenía sobre un saliente de la piedra unas semillitas esféricas y negras que había retirado de él. Calixtro no hablaba aún el castilla. Y lo entendió con dificultad cuando, mostrándoselas, le sugirió por señas y visajes que las enterrara en su huerto, asegurándole que él le compraría cuando volviese por allí la ramazón seca de las plantitas que brotaran.

Una vez restablecida la paz, el destacamento se marchó; y nuestro hombre cosechó y asoleó las ramitas en cuestión con el propósito de fumarlas él si no encontraba a quien vendérselas. Estaban justamente en sazón cuando, procedente de Putla, se detuvo en el pueblo cierta tropa a uno de cuyos sargentos se le ocurrió proponérselas. Y éste dio parte a su capitán, que hizo atar por los pulsos y con las manos atrás al pobre indio trique, llevándoselo a Tlaxiaco para entregarlo a la justicia. Luego vino la condena y su traslado al penal de la ciudad para pagarla.

A Calixtro no le fue fácil entender entonces lo que le estaba sucediendo. Resintió al principio aquel drama que lo separaba de su mujer y sus hijos… Pero al cabo pudo darse cuenta de que aquel supuesto castigo mejoraba su situación material. Pues para él se habían acabado el hambre, el trabajo brutal en la hacienda de La Concepción o en la mina de antimonio de Mixtepec y la necesidad de acumular leños para la lumbre de su cocina y la de embarrar de fango las junturas del envarado de su jacal después de cada aguacero. Ahora tenía tres comidas casi todos los días, con carne, a diferencia de lo que pasaba en las de San Andrés, donde sólo ocho veces al año, por las fiestas, se mataba un animal; un camastro para dormir en un salón colectivo pero con piso, paredes y techo de material en vez del petate tendido sobre el húmedo suelo de tierra y casi a

la intemperie; y hasta ganaba lo necesario para comprarse cigarrillos aromados y una que otra soda preparando la palmilla que el mayordomo de la prisión vendía a los sombrereros de Huajuapan. El estigma de traficante en mariguana no lo acertaba a entender como delito, y sólo le mortificaba porque entre sus nuevos compañeros había algunos viciosos que se obstinaban en creer que él podía conseguírsela con sus contactos de fuera y le amenazaban por no complacerlos. Por otra parte, los burócratas de la política, deseosos de que se dijera que hacían algo, mejoraban de continuo las condiciones del reclusorio. Y cada vez se vivía más confortablemente en él.

Al verse libre, anduvo durante un rato sin saber qué determinación tomar. Pero al fin decidió que no le quedaba otro camino que regresar a su pueblo en la comunidad trique de la sierra.

Le preguntó a un transeúnte por dónde se iba a Tlaxiaco, que era la cabecera del distrito de su lugar natal. Y el interpelado lo encaminó con sus informes a la terminal de autobuses. Aturdido entre la apresurada muchedumbre que se atropellaba en ella, interrogó a un chofer, que tomándolo ávidamente por un brazo, se empeñó en subirle a un autobús que salía en esos momentos para allá. Calixtro había aprendido en la prisión a hablar el castilla con soltura; y le explicó que sólo quería saber por dónde se iba a Tlaxiaco, pues confiaba encontrar allí la vereda que lo llevase a San Andrés Chicahuaxtla, que era su lugar de origen y su destino final. Pero el chofer lo empujó todavía con mayor empeño al interior del vehículo, asegurándole que también por San Andrés pasaba éste.

El indio trique lo escuchó desconcertado. No podía imaginar cómo iba a transitar ese armatoste por los caminos de arriería que él conoció y recordaba. Más, al ser puesto en libertad, había recibido del mayordomo de la prisión cerca de 100 pesos retenidos de los salarios por su labor artesanal en ella y se sentía bastante opulento para costearse la curiosidad de un primer viaje en autobús. De modo que cedió a las vehementes excitativas de aquel chofer.

Estuvo a punto de arrepentirse cuando, ya de camino, le cobraron 31 pesos por el pasaje. Lo consideró un atraco; o en el mejor caso, un despilfarro que nunca debió permitirse hacer. Era tarde, sin embargo, para desistir; y pagó, confortándose con la noticia de que el viaje le llevaría sólo seis horas en vez de los casi tres días que le hubiera costado de ir a pie y procurando resarcirse al saborear con deleite la sensación desconocida y enervante de la velocidad por caminos mucho más anchos y mejor pavimentados que los que recordaba él.

Cuando dejaron atrás Tlaxiaco y, encumbrada la sierra, llegaron a San Martín Itunyoso, empezó a reconocer el mundo trique del que casi 40 años antes lo sacaron como se saca una muela de su alvéolo maxilar y al que había perdido ya toda esperanza de volver. Algunas chozas seguían siendo de palo de encino como la que fue suya; pero descubrió que ahora abundaban las casas de material y que muchas de las cercas de maguey eran de piedra. Y se admiró de ver tantos indios de pantalón y con huaraches y a algunas indias que habían cambiado el rollo, el huipil, las trenzas y la

jícara del peinado por vestidos rabones y pelo recortado al uso de la ciudad.

Sentía hambre. De modo que aprovechó la detención de un minuto para comprarle a un vendedor trique que andaba por allí dos tacos, los cuales tuvo la satisfacción de que le salieran rellenos de quelite quintonil guisado y adobado con chimole , como los que constituían el lujo durante las fiestas del lugar en sus comilonas o banquetes y él había añorado tanto en los primeros años de su cautiverio. Sin embargo, enfrió esta complacencia el hecho de que no los encontrase ya tan suculentos como en sus buenos días en el pueblo y el de que le cobraran por ellos cuatro pesos, cantidad que equivalía a los jornales que por casi dos semanas recibían los de la peonada cortando caña en la hacienda de La Concepción cuando Calixtro trabajaba allí.

Dedujo que los .pesos que a su salida del penal le habían dado no eran de la misma condición que aquellos de tiempo atrás, cuando con sólo 100 de ellos se podía dar la vuelta al mundo o comprarse una esposa, un hato de chivas, edificar un jacal y volverlo habitable con el necesario menaje. Quizá eso explicaba que las monedas fueran entonces más gruesas y pesadas y sonasen mejor que éstas que recibió.

Decidió tener más cuidado en adelante al gastar en algo.

Llegaron atardeciendo a San Andrés Chicahuaxtla, encaramado en uno de los dos lados de un puerto de montaña sobre el parteaguas de la sierra donde termina el altiplano y comienza el descenso hacia la Tierra Caliente con un largo declive que culmina en la misma orilla del mar.

También habían surgido allí algunas casas de material y la gente vestía distinto que antes, aunque la transformación no fuera tan acentuada como en San Martín. Enfrente, a medio kilómetro sobre el otro costado del puerto, el caserío y los setos de maguey de Santo Domingo Chicahuaxtla había adelantado unos cuantos pasos hacia San Andrés. Con lo que estimó que ahora las rivalidades entre los domingos y los andreseros debían ser más frecuentes y enconosas por la mayor proximidad.

Se apeó entumido de piernas y de ánimos sin saber a dónde debía encaminarse.

Catorce años antes, en el penal, tuvo noticias de que su mujer había muerto; y de los dos hijos que se le criaron entre los siete que ella le dio, una se había ido a Copala casada con un trique de por allá y del otro carecía totalmente de noticias.

Preguntó a un hombre por Lino Andrés, que se llamaba el muchacho. Pero aquél no supo a quién se quería referir, ya que el apellido Andrés era el de casi todos los vecinos de la localidad por la misma razón que el de Domingo lo era de los del pueblo de enfrente. Tradicionalmente existía el hábito de bautizar a los niños triques con el nombre del santo del día de su nacimiento y de ponerles por apellido el del santo del día de su bautizo; y como solamente el día del santo patrono de cada localidad acudía a oficiar en su templo un sacerdote de Tlaxiaco y se aprovechaba su presencia para llevar a bautizar a los pequeños, era fatal que a todos les pusieran Andrés o Domingo por apellido. Linos acaso hubiera unos 10 o 12 viviendo en el pueblo;  pero ninguno correspondía a las señas bastante imprecisas que Calixtro daba de él.

Agotada la pesquisa, nuestro amigo se sintió más solo que lo estuviera jamás. La vaga idea acariciada durante el viaje de asociarse con su hijo para emprender la pequeña industria del preparado de la palma, aprendida en el penal, y vender esa materia prima ya arreglada a los fabricantes de sombrero de San Andrés, que solían adquirirla trabajada en Putla, se le frustraba. Y una abulia desquiciante se posesionó de él, incitándole de nuevo a deplorar la mala suerte de que lo sacaran de la prisión cuando estaba tan seguro de morir tranquilamente en ella. Hasta había convenido con un sentenciado mixteco, que era rezador, que dirigiese las ceremonias de su funeral y se había procurado los 14 granos de frijol enduchi-burro para que se los colocaran junto con otros tantos manojitos de zacate fresco en el féretro de tabla el día de su defunción. Ello con el fin de aplacar, regalándoles los primeros para que supliesen con ellos los ojos que tuvieron en vida y los segundos para que disfrutasen comiéndoselos, a las fieras y reses que a lo largo de su vida había matado y de las cuales era fama que les salían a los difuntos resueltas a tomar venganza por haber perecido a sus manos, cuando recorrían los caminos etéreos del Más Allá.

Resolvió escalar un poco la ladera, hasta el rellano de la parte alta del pueblo en donde tuvo edificado su jacal de palos de anacahuitl. Y recibió otra decepción al encontrarse con que ya no existía vivienda alguna allí Y los cerdos del vecindario habían hozado formando barrizales en el suelo donde se asentó la suya. Sólo restaban, como vestigios de que una vez hubo habitación, dos o tres piedras de las que delimitaban su pequeño huerto de la parte posterior invadido por la maleza.

Por consolarse, escaló aquel peñasco de poco más arriba, desde donde se divisaba una doble perspectiva cuya remembranza enervó alguna vez los sueños nostálgicos de su prisión.

Rodeada por una cadena de elevaciones entre las que sobresalían los picos del Chicahuaxtla y del Yucumino, podía verse hacia ambos lados una sucesión de lomeríos en descenso. A los del lado norte los seccionaba una cañada hasta la ranchería de La Laguna, aunque se recobraban después para levantar a San Martín. Los del lado sur descendían a planicies y oteros que iba volviendo cada vez más fragantes el aliento húmedo de la Tierra Caliente, hasta esfumarse en un horizonte en el que se dibujaba todavía negro y ruinoso sobre los suaves nacarados del atardecer, el chacuaco del trapiche de La Concepción.

El agrarismo había desmembrado esta hacienda, y a Calixtro le pareció que todo había envejecido igual que él. En el encinar prosperaban manchones intrusos de la guardalagua y las tablas de caña dulce se veían mustias, mal escardadas, desfallecientes bajo un tueste gris en el que se perdían los lujos del verdor de su ramaje y del oleaje rosado de su flor. Ya no había tampoco en los coamiles de más acá los toques amarillo morado y blanco del vicioso girasol. Ni se escuchaban trinos de pitorreal y zumbidos de papaviento entre la inmediata fronda de anacahuites.

Quizá era su ánimo el que, reflejándose en el paisaje, lo hacía aparecer gris e impregnado de una melancólica tristeza.

Al pie de ese mismo peñasco, rememoró, estaba de centinela el soldado que le abriese con su sugerencia las puertas hacia una vida mejor… Hasta que, un infausto día, fue a meter la nariz en los asuntos del presidio el Procurador de Justicia, y lo echaron fuera para que se las arreglara solo y viejo con su necesidad.

Bajaba del peñón abrumado por esos pesimismos cuando, en lo que había sido su huerto, advirtió unos manchoncitos de plantas cuyo aspecto vino a causarle un dichoso sobresalto. Se acercó a examinarlas. Y lleno de amor y agradecimiento a San Miguelito y a San Ramos, que así se preocupaban por restablecer su ventura, descubrió que eran de los mismos vegetales que motivaron su encarcelamiento. Tal vez habían renacido año tras año de las semillas que iban tirando las nuevas generaciones de las que originalmente sembró.

Él les llevaría algunas de esas plantas como ofrenda a los santos, sus favorecedores, para adornarles su altar, antes de reabrirse las puertas del perdido paraíso carcelario recolectando y poniendo a secar las restantes, en paciente espera y con el ánimo flotando en un remanso de serenidad, de que pasase por el pueblo cualquier otro mílite al cual proponérselas en venta.

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