CADALSO EN LA NIEVE

CADALSO EN LA NIEVE

Rafael F. Muñoz

LOS QUINQUÉS de petróleo, de ahumadas bombillas, colgaban de las vigas redondas iluminando a medias el salón. En la cabecera, sobre el estrado, el relieve de un águila de yeso pintada en color de bronce se desportillaba sobre un cromo de Madero y suspendía en el aire su garra vacía de la que se había caído, a pedazos, la serpiente.

Humo de tabacos, respiración de tres docenas de personas ahí aglomeradas, olores molestos del aceite que se consumía en los quemadores de las lámparas, mezclados con las emanaciones de la lana de los uniformes humedecidos por la nieve . . . Todo esto hacía el ambiente denso y enervante, mas las maderas de la puerta y de las dos ventanas se mantenían cerradas, porque afuera el invierno se había desbordado en copos que cayendo blandamente pusieron sobre la tierra una mano de pintura blanca. El viento decía cosas extrañas entre los ramajes de los pinos y los cedros, se colaba curioso por las rendijas de las ventanas y hacía enronquecer la voz de los centinelas agazapados en los garitones, que cada cuarto de hora desenrollaban su cadena de monótonos alertas.

En el centro del salón, frente a la mesa del estrado y a siete militares apoyados de codos en ella, había un hombre exageradamente gordo, que mientras oía hablar, se calentaba con el aliento las puntas heladas de sus dedos. Su cabeza se inclinaba hacia delante, y los ojos no alzaban la mirada de los cuadros de cantera del pavimento. El vientre enorme se desplomaba sobre los muslos y de las rodillas, separadas entre sí medio metro por la abundancia de carnes, caían las pantorrillas cilíndricas, gruesas como jamones, que terminaban en dos pies semejantes a pezuñas de camello.

—Este hombre ha sido, pues —decía en alta voz un militar que estaba en pie al extremo de la mesa—, el verdugo del fatídico villismo; carnicero de oficio, sacrificaba a los hombres con la misma indiferencia que antes presenciara las matanzas de bueyes . . . ¡Desdichados los civiles que no tenían

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dinero para satisfacer las demandas de préstamo forzoso, o de quienes se sospechaba simpatía hacia los enemigos del vándalo! ¡Infelices militares a quienes el infortunio puso en manos del bandolero máximo! Ellos fueron asesinados por Gabriel Baca, aquí presente, como animales, peor aún que animales, porque sus carnes eran destrozadas por implacables balas expansivas. Se dio el caso de uno de nuestros oficiales que fue capturado, a quien este verdugo, en un alarde de su habilidad como matancero, ante ocho o diez desalmados como él, limpió de la piel y destazó como si se tratara de una res, colgando sus carnes sangrantes de los árboles del cementerio .. .

Sin cambiar de posición o de actitud, el acusado calentaba sus manos con el aliento.

Uno de los candiles comenzó a parpadear, alzó una llama que flameó en la punta de la bombilla y se apagó. El estrado quedó a oscuras y así el acusador siguió hablando unos minutos más, mientras dos soldados encendían la vela de un farol cuadrado.

—Acusado —preguntó después el militar colocado en el centro de la mesa— ¿tiene usted algo que decir en su favor?

Gabriel Baca apartó los dedos de la boca y sin levantar la mirada habló con voz quejumbrosa de muchacho regañado:

—Todo fue por órdenes . .. por órdenes de mi general Villa .. .

—Pero todos saben que para usted era un placer su oficio de verdugo .. .

—No maté enemigos míos, sino de la causa . . .

—Pero ¿quién los juzgó? ¿Merecían la muerte en la forma horripilante en que usted se las daba?

—Da lo mismo morir de un modo que de otro . . . —Entonces, ¿confiesa haber sido el ejecutor de los centenares de personas asesinadas en el cementerio de Santa Rosa?

El interrogado levantó la cabeza. Viéronse dos ojillos moverse en la abertura de los párpados hinchados de grasa, primero hacia el militar que le preguntaba, después en dirección, al acusador, y luego volvieron a fijar la mirada en el cuadriculado piso de cantera. Después de unos momentos de silencio, respondió:

—Pa’qué lo confieso, sí usted dice que lo saben todos . . .

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Todos quedaron de nuevo callados. Una racha de viento empujó con tal fuerza las maderas de una ventana, que hizo saltar el aldabón y las abrió con estrépito. Afuera, la neblina marcaba una línea de claridad diurna en el horizonte. Estaba amaneciendo, y los gallos habían comenzado a cantar. Cerrada la ventana, el consejo de guerra inició su deliberación en voz baja y el presidente, sin levantarse de su asiento, preguntó con una mirada a los tres jueces del lado derecho, y después a los del izquierdo. Todos hicieron una leve inclinación de cabeza.

—¡De pie!

El reo se levantó balanceándose. Su gordura se hizo más notable cuando el vientre, que los pantalones cubrían sólo a medias, pareció derrumbarse sobre las piernas.

—¡Soldados, preeeesente! ¡Ar .!

Fue una voz nueva la del jefe de la escolta, que habló. Era un oficial joven, de rostro alargado al que ponía un marco enérgico la barba crecida de varios días. La mirada horizontal que partía de sus grandes ojos rodeados por una cenefa amoratada y la contracción de su boca en un esguince frío, le daban un sello de inconmovible y apegado a la disciplina. Era un producto de las escuelas de guerra, donde la educación del cadete tiene por base las normas del deber militar más estricto.

—El consejo de guerra condena al acusado a la pena de muerte y lo entrega al coronel jefe de la guarnición para que lo ejecute.

De la concurrencia se adelantó un militar rubio, de barba cerrada, envuelto en una pelerina gris.

—Yo lo recibo —dijo, y en voz baja dictó sus órdenes al oficial de la cara pálida, que al escucharle, abrió los ojos desmesuradamente.

—Soldados . . . téeercien . ¡Ar .! Media vuelta . . . ¡Derecha! Deee frente . . . ¡Ar . ..!

El gordo emprendió la marcha entre dos filas de soldados, inclinándose de un lado a otro en cada paso. Con sus manos grasientas levantó el embozo de una bufanda sucia que le cubrió la cara hasta los ojos, y fatigosamente siguió los movimientos de la escolta.

La puerta del salón daba a un zaguán donde pies humanos

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que entraron y salieron, habían batido en lodo la nieve que el viento arrojaba por el portón abierto. Dos centinelas, escondidos en los rincones de su garitón, vieron pasar la escolta y el prisionero con ojos de sueño. Ya había luz de día, mas no se veía el sol. Un río de copos formaba en el aire una espesa cortina nebulosa.

Por la calle muy ancha y desierta, el pelotón avanzó con su prisionero. Los hombres sentían la nieve hasta la mitad de la pantorrilla y tenían que levantar los pies para caminar. El gordo se movía con suma lentitud.

—A este paso no llegaremos nunca —dijo el coronel.

—¿Dispone usted alguna cosa?

—Me parece, capitán, que debe usted buscar un carro o cosa parecida, para llevar a este hombre.

La escolta se detuvo, acercándose a la pared para defenderse un poco de la ventisca que ya había puesto una corteza blanca en las gorras y en los hombros de los soldados. El verdugo se calentaba las manos ateridas y escondía la cara bajo su ancho sombrero texano. La respiración de todos aquellos hombres salía en un vaho espeso. Para calentarse un poco, golpeaban el suelo con los pies y agitaban los brazos como si hicieran señales.

Unos minutos después regresó el capitán, con un guayín entoldado de lona al que subieron con muchas dificultades al reo, por la parte de atrás, donde quedó sentado con las piernas colgando hacia fuera. El capitán ocupó un lugar junto a él, y el coronel al lado del carrero, a quien dijo:

—Vamos al panteón . . .

Los soldados rodearon el vehículo y el grupo emprendió de nuevo la marcha al paso de los hombres que caminaban con el fusil bajo el brazo.

El pueblo era chico, y a dos cuadras del edificio municipal donde se había efectuado el consejo, terminaban las casas. El carrero guió por un camino, al lado de una fila de cedros agobiados por el peso de la nieve. Los caballos tiraban penosamente, hundiéndose a veces en grandes hoyos donde las patas se les doblaban y los soldados, buscando mejor camino, se habían dispersado, alejándose del carro que iba botando en las piedras. Aprovechando uno de esos movimientos rápidos, el gordo acercó su cara a la del capitán y con la boca tapada

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con la bufanda le habló en voz muy baja, que no percibieron. ni el coronel ni el carrero, de espaldas a ellos.

—Oye, muchacho, tengo un plan: me das tu pistola y luego haces como que te caes … Se te juntan los soldados y yo mato al coronel. Tú ves cómo le haces para que los soldados no tiren . . .

Sin volver la cara al prisionero, perdida la mirada en los árboles del camino, el oficial parecía no atender a las palabras que le dirigía su compañero de asiento.

—Luego nos vamos en este mismo guayín; ya no hay soldados por aquí, y en todo el día bien llegamos a Bavícora. Ahí está mi compadre Villa ..

El capitán volvió la cara al oír esto, y miró fijamente a los ojos del verdugo.

—Y también es ahí donde tengo mi entierrito … Te daré diez mil pesos en oro para que te vayas a los Estados Unidos .. .

Hablaba con voz suplicante y se atrevió a levantar el brazo para colocarlo sobre el hombro del muchacho en una torpe caricia. El toldo del carricoche estaba ya cubierto de nieve que comenzó a derretirse y a formar goteras. Agua fría caía sobre las espaldas. El oficial tomó ese motivo para brincar fuera del carro, pero el gordo le detuvo por un brazo.

—Espérate —le dijo— te daré veinte mil pesos … treinta mil pesos, que es todo lo que tengo, y yo también me iré a Estados Unidos. Te prometo que ya no seguiré en esto .

Por fin, el joven respondió con una -voz que quería ser amable pero que temblaba de angustia mal disimulada:

—¿Cómo cree usted que yo pueda hacer eso? No fui al Colegio Militar para aprender a desertarme .

—¿Y qué te importa? serás rico y podrás salirte de este infierno .. .

El capitán pudo desasirse y saltó al camino.

—Se me estaban helando las piernas. —Dijo al soldado que caminaba más cerca, y todos continuaron la marcha sin hablar, mientras un océano de copos descendía sin prisa por llegar a tierra. El guayín seguía dando botes sobre las piedras, y el gordo afianzó las manos en su incómodo asiento para no bambolearse mucho. La cara se perdió totalmente bajo el ala del texano. No volvió a hablar.

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Ya era bien entrada la mañana cuando el grupo llegó frente al cementerio, pero estaba tan nublado como al amanecer. No había nadie en aquel sitio y el arco de la entrada, coronado por una cruz manca, estaba abierto, pues la reja había caído en tierra y quedó cubierta por la nieve.

—¿Nos metemos? —preguntó el carrero.

El coronel asomó la cabeza bajo la lona y vio el lugar en que se encontraba, advirtiendo que no había muro alrededor del cementerio, sino una cerca de alambre; en el centro se alzaban las ruinas de una pequeña capilla.

—Sí, vámonos metiendo …

El carricoche siguió su marcha por una callejuela, y los soldados fuéronse brincando de una losa a otra, entre las cruces y los árboles entoldados de blanco. Se detuvo el guayín y el reo bajó. La nieve formaba ya una capa que llegaba hasta las rodillas.

Todos avanzaron difícilmente hasta que cada uno quedó en su sitio: el gordo, de espaldas al muro; los soldados en una línea a dos metros de distancia y los dos jefes a un lado.

—¡Vamos! . . . ¡Aprisita! ..

—¡ Preparen, apunten, fuego!

El oficial habló con una voz que parecía un bufido y la descarga resonó desigual, pues los soldados no tuvieron tiempo para obedecer simultáneamente las tres órdenes, dictadas en un solo grito, y su puntería no fue certera.

El verdugo cayó de espaldas. La costra de la tierra crujió al recibir el cuerpo y en varias partes fundióse rápidamente al contacto de la sangre. No estaba muerto: su vientre enorme se agitaba en una respiración fatigosa, y la cabeza, metida en la nieve, daba vueltas de un lado a otro con los ojos desorbitados.

—Hace falta el tiro de gracia, capitán .. .

El oficial avanzó lentamente echando mano a su pistola. La tormenta iba arreciando y a pocos segundos el cuerpo caído recibió un sudario de blancos cristales.

Con el brazo suelto el oficial hizo un disparo y el verdugo quedó inmóvil; entonces, aquél dejó caer su pistola y se fue hacia un cedro cercano, tambaleándose, para recargarse en el tronco. Apresuradamente se le acercó el coronel y tocándole en el hombro, le habló:

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-,-¿Está usted enfermo, capitán?

Este hizo un gran esfuerzo: se puso en pie, irguió el cuerpo, juntó los talones, levantó la diestra en ademán de saludo hasta la visera charolada de su gorra, y respondió, goteándole las palabras de su boca como si fueran nieve derretida:

—No, señor … Nada más que el ajusticiado … era … mi padre …

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