BANDERA EN FRIO

BANDERA EN FRIO

Jorge Ferretis


Mil novecientos diez; mil novecientos once. Todavía los Secretarios de los Ayuntamientos usaban cuellos duros y lustrosos; y en algunas poblaciones, hasta levita. Los Jefes Políticos asistían a los actos cívicos, de bombín, acompañados por seis u ocho señorones locales, de bombín también, y también con sus cuellos como de peltre. I Había que verlos llegar a los estrados de las fiestas patrias! En aquellos Olimpos de papel de china, cuando la charanga municipal de imponentes tamborazos tocaba el Himno Nacional, había que ver la emoción tan rígida y tan pulcra con que se ponían en pie aquellos conspícuos. En torno, acallando por instantes la tambora, atronaba la devota gritería de} populacho.

Visto el país con ojos de institutrices y de sastres, aquella época fué mejor que las que vinieron, ¿Cómo podría compararse uno de aquellos Jefes Políticos, tan señores, con los mal fajados y pistoludos presidentes municipales que trajo la revolución?

Pero hacia las fechas de este cuento, la revolución apenas acababa de estallar. Claro que todas las personas “decentes” esperaban que en unos cuantos meses más, se la reprimiría. ¡Ejemplarmente! Como para volver carne de gallina la de cualquier revoltoso que pudiera sobrar.

Sin embargo, llegaban más y más noticias da atrocidades: al pueblo Fulano ya lo habían convertido en llamas, y en la estación Zutana, habían asaltado un convoy…

Se empezó a rumorar que los soldados que guarnecían la población, se irían. Y el Juez, el Jefe Político y otros funcionarios pueblerinos, andaban abizbajos, urdiendo escapatorias.

El señor Secretario iba un día camino a su casa, preocupado; pero se cuidaba de que la gente no advirtiera temor en su semblante. Propiamente miedo. . . no, no tenía.

Y sin embargo, al pasar por el mercado, lo vió un tonto; uno que para pedir limosna se hacía pasar por alocado. Estaba sentado en el suelo, a media callé, y cuando el señor Secretario pasaba, comenzó a reír burlescamente, estrepitosamente, como un idiota legítimo. Y hasta canturreó, con acompañamiento de palmadas:

¡Qué bonitos son los hombres!

que usan tan duro el pescuezo.

Pero han de llegarles ratos

que hasta les quiten lo tieso.

Y sin dejar de palmotear, se carcajeó más estrepitosamente aun. Con la agravante de que, ya sin respeto alguno para la Autoridad, hizo que lo secundara un coro de verduleras y gandules. ¡Cómo estaban tan relajados los tiempos! (Pero – cosa rara-el señor Secretario no lo mandó encarcelar),

*

* *

Pasaron los días, y el pueblo se encontraba ya desguarnecido. Lo vigilaban sólo cinco policías dormilones y flacos, que con enormes y enmohecidas pistolas al cinto, patentizaban la muy relativa autoridad del Honorable Ayuntamiento.

Una calma, que aun con ser calma no convencía al vecindario hambriento de noticias, cerníase sobre la ciudad.

Y como se temía, sucedió: eran las cinco de la tarde cuando intempestivamente, las callejuelas empezaron a llenarse de galopes y disparos. Con una rapidez de pesadilla, muchas docenas de desconocidos, encarabinados y hoscos, invadieron el recinto municipal. Afuera, alaridos de júbilo, maldiciones ‘y balazos.

El señor Secretario no había tenido tiempo para escapar. Refugiado en el galerón del archivo, se sintió como en una trampa. Todavía los revolucionarios no topaban con su persona. ¡Pero toparían ¡ Se estremeció. Tenía el rostro desencajado, del color de aquellos expedientes amarillos y sucios.

Se afanaba buscando en su magín alguna idea salvadora; pero lo único que se le enredaba en la imaginación, era el recuerdo de aquel idiota que lo insultara sentado en medio de la calle. ‘

Tal reminiscencia, con una terquedad de avispa, le zumbaba al funcionario en torno de la cabeza sin dejarlo sacudirse el canturreo: “Pero han de llegarles ratos que hasta les quiten lo tieso”.

Fuera del galerón del archivo, oíanse patadas, carreras, maldiciones y risotadas. El, a cada instante, esperaba oír culatazos sobre la puerta, que tarde o temprano romperían.

Por fin, entre los ruidos y el recuerdo obsesionante del loco, pudo asir otra idea y adoptar otra actitud. Salió de entre los paquetes polvosos; sacudió lo mejor que pudo su respetable levita; acomodó su corbata sobre aquel su cuello intransigente de almidón y de lustre, y des atrancó la puerta. Salió.

Avanzó por los corredores, solemne, entre aquella multitud que lo dejaba pasar con gestos de sorpresa guasona. Todo iba bien, aunque a sus espaldas oyera risas y frases que ¡ ay de él si de improviso soliviantaban a los irrespetuosos!

-Háganse un lao pa’ que pase ese zopilotote…

Y pasó, y nadie supo qué pasadizos se lo tragaron.

*

* *

Las gentes apiñadas ante el Palacio Municipal, miraron hacia el asta que se erguía sobre un remate central de la fachada. Y vieron cómo una bandera se iba izando, airosa, ondulante.

De la calle se alzó una gritería. Una multitud andrajosa, al ver tan inesperadamente ondear la insignia, prorrumpió en alaridos. Algunos de aquellos sombrerudos encarabinados, en un arranque de ese júbilo más embruteciente que el alcohol, hicieron disparos que agujereaban los colores patrios. Y astillaron el asta que se tronchó un poco.

Entre aquella algarada, apareció el coronel, el jefe de la chusma que acababa de adueñarse de la población. Era un ingeniero militar, y comandaba un ciento de serranos, por especial estimación que le tenía “el mero jefe” de la revolución en aquella zona.

Por más que hizo memoria, no recordó que en aquel día debiera conmemorarse algún acontecimiento nacional, izando la bandera. Y empezó a preguntar quién lo había ordenado.

Fué entonces cuando dos hombrecillos prietos y greñudos, de aquellos que con un fusil bajo la axila no necesitaban camisa sí en cambio terciaban sobre el torso lustrado de sudor dos cananas repletas de cartuchos; fué entonces cuando cogieron por, algún rincón al “zopilotote”, para llevarlo ante su jefe. Daba la impresión de que su enorme cuello almidonado y lustroso le dificultaba tragar su propia y abundante saliva.

-¿Usted ordenó izar la bandera?

-Sí, señor general.

-¡ Coronel ¡ -rectificó el jefe.

-Sí, señor coronel. .. porque hoy es día glorioso para mi ciudad.

-¿Glorioso?

-Sí, señor coronel. ..  porque hoy tuvimos la fortuna. ..  de tener entre nosotros al Ejército Libertador.

Cortó su discurso, porque ahora se le acababa la saliva; su boca se resecó tanto, que sintió como si sus últimas palabras fuesen de estopa.

-¿Quién es usted?

-Soy, señor coronel… soy… el Secretario del Honorable Ayuntamiento; y si usted encuentra útiles mis modestos servicios…

El coronel contempló un instante la facha compungida de aquel mamarracho adulador, y con una sonrisa de demagogo compasivo, le repuso:

-¡Tenía que caerse un régimen que se apoyaba en funcionarios como usted!

Entonces otro de aquellos desgreñados, que entendía más por el tono que por el significado de aquellas palabras, preguntó:

-¿Lo tronamos, jefe?

-¡No, hombre! Échenlo en aquella pila del jardín para que se le ablande el cogote, y después déjenlo ir a su casa.

-’ta bien, jefe.

-¡y cuidado con hacerle algo más ¡

-’ta bien, jefe.

Se armó de nuevo la gritería. Sobre un apelotonamiento de “soldados”, mujeres del pueblo, peones curiosos y muchachos callejeros, se veía la figura de aquel desdichado levitudo que botaba en vilo.

Entre la gritería, sonó otro disparo, y el asta de la bandera se tronchó más. El coronel, que se disponía nuevamente a entrar en el edificio, se volvió hacia la multitud. Llevaba toda sU ira en la boca, que le reventó en un improperio.

Pero una vieja lo atajó:

-Jefecito, la rompen. ¡ Dámela, jefecito!

Y señalaba con dedo torpe, renegrido y nudoso, el pabellón semi caído.

Era una vieja indígena que “martajaba” mal el idioma. Apenas se cubría su figura aplastada con unos trapos mugrosos que le dejaban descubiertas las rodillas y las corvas zambas, con unos pies planos de dedos muy abiertos. Le quedaban también desnudos los brazos, los hombros, y apenas se cubría unos senos colgantes y ajados. Entre la cara rugosa le chispeaban, pequeñines y relumbrosos, dos ojillos como cuentas de vidrio negro.

-Tú no ser malo. ¡Dámela, jefecito ¡

Y no bajaba el dedo, señalando el pendón .Con la otra mano, se prendía por una manga de la guerrera del coronel. .

El joven mílite, salido de la escuela de ingenieros con todos los prejuicios de un civilizado, se sintió conmovido por la veneración que el emblema nacional inspiraba a una pobre mujer. Quizás ella sentiría-como si aquellos disparos imbéciles, en vez de lastimar el lienzo tricolor, lastimasen sus carnes sucias-y enternecidas. Y era capaz de abrirse paso, entre bestias de -cuatro patas.y de dos, y llegarse hasta; él, a riesgo de pisotones y balazos, sólo para pedirle que le permitiese recoger el emblema.

Impresionado, ordenó – a uno de sus asistentes ir a descolgar el pabellón.

Cuando lo bajaron, como si el coronel fuera una de las estatuas de bronce que hacían guardia en uno de los pórticos del Colegio Militar, se cuadró.

Muchos mirones en torno, al ver que se concedía a aquello tanta importancia, imitaron con ademanes cohibidos aquel saludo militar. Otros, para sentirse más naturales, simplemente se zafaron sus sombrerotes.

La vieja recibió el lienzo de manos del asistente; lo extendió sobre las baldosas, y lenta, concienzuda, comenzó a doblarlo. Después levantó el gran bulto sobre una de sus caderas, sujetándolo con ambas manos. Se inclinó ante el coronel varias veces, agradecida, repitiendo:

-Tú ser güeno, jefecito; Dios te lo pague. ..

El le dio unas palmaditas en el hombro, y la vio retirarse entre una valla de soldados y curiosos.

El joven coronel, con uno de esos amplios suspiros que inflan a veces muy alto el pecho, entró, por fin, en el Palacio Municipal. Y como si aún entreviera los senos semidesnudos de la vieja patriota, pensaba:

-Todavía hay donde mame patria, por lo menos, t}na generación. Porque nos quedan en el país millares de estas viejas benditas.

La escena dejaba en la calle algunos comentarios. Dos chicos que regresaban de la escuela, alardearon a grandes voces de saber lo que significaba, sobre el color blanco de la bandera, la figura del águila devorando el reptil. La mayoría de mirones, simplemente calló.

*

* *

Pasaron unos días. La partida de revolucionarios se asentaba en la población. Una tarde, en una de las bancas de madera en que son tan pródigas las plazas de los pueblos, estaba sentado, solo, el coronel. Llamaron de pronto su atención los colorines con que de lejos venía ataviada una mujer.

Seguían la algunos rapaces, semivestidos con lienzos igualmente detonantes.

Se acercaban, y él, de improviso, se sintió aterrado por una sospecha. Cuando el abigarrado grupo se aproximó más, aquel ingeniero pudo, reconocer a la vieja patriota a quien obsequiara el pabellón. Con el rostro caliente, se levantó de la banca.

-¡ Oye vieja!… -y se le atragantó un calificativo soez. .

La mujer, a pesar de tal actitud de enojo, se aproximó al miliciano con su andar menudito, mientras los chiquitines, allá, muy juntos, se apegaban a la pared.

-¡Óyeme! ¿Qué hiciste con la bandera?

-Pos calzones, jefecito. Pronto venirán los fríos.

Estupefacto, el coronel iba a injuriarla, pero reflexionó: después de todo, para un “encuerado” analfabeto, una bandera es simplemente manta, muy envidiable para confeccionar siquiera taparabos.

-Vete, vieja. Tienes razón: van a llegar los fríos.

Ella se le fué retirando con extrañeza. Quizás lo creería borracho.

Mudo de estupefacción, él no podía dejar de contemplada, con aquella flamante blusa verde, relumbrosa, y unas enaguas de raso agresivamente coloradas. La vió reunirse con sus hijillos, ataviados con iguales colorines. Uno de ellos llevaba un calzón blanco. Y el coronel tuvo un nuevo impulso de estallar, al ver cómo le había quedado el águila estampada en el trasero, con la serpiente tijereteada entre las piernas.

Con gesto alterado, el jefe se alejó hacia el cuartel, para buscar a su asistente. Y le ordenó alcanzar al grupo, quitar los calzones al chico, y dar a la mujer unas monedas con que comprar otros pedazos de manta.

Y a grandes zancadas, con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, aquel ingeniero, con la cabeza baja, se alejó pensando:

-Primero, calzones; después banderas.

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