ARMANDO OLIVARES CARRILLO

ARMANDO OLIVARES CARRILLO

(Guanajuato, Gto., 1910-1962)

Armando Olivares Carrillo, fue un infatigable promotor cultural de su ciudad y de su región. Escribió lo mismo poesía, que ensayo y cuento. Participó en las aventuras culturales que han hecho tradición en Guanajuato: los Entremeses Cervantinos, en los cuales participaba todo el pueblo; la consolidación de la universidad de la que fue rector varias veces; la publicación de la revista Garabato (1953-1954 y 1956) que editaban Eugenio Trueba, J. Guadalupe Herrera y el propio Olivares. Garabato coincide con la publicación de otras revistas y libros de cuentos que se hicieron populares tanto en la capital como en la provincia. J. Guadalupe Herrera, editor de “Cuadernos” de El Gallo Pitagórico, reunió en su libro Juan Garabato y otros garabatos (1962) trece cuentos ingeniosos, de sencilla factura, en los que pretende fijar un acontecimiento generalmente relacionado con la vida cotidiana. Eugenio Trueba, colaborador de El Gallo Pitagórico, de Umbral y de Garabato, reúne sus cuentos en su primer libro, Antesala (1956, editado por Los Presentes) y en La pupila del gato (1957). Trueba se siente atraído frecuentemente por detalles de la conducta y de la convivencia que por comunes pasan inadvertidos pero que, sin embargo, son decisivos para que se establezca o se rompa la comunicación.

Los quince cuentos que integran Ejemplario de muertes (Ed. Los Presentes, 1957), de Armando Olivares, presentan diferentes facetas de un tema único, la muerte. En ellos se manifiesta el oficio de un escritor maduro cuyo matizado lenguaje se apoya, bien en el habla de los mineros y de los campesinos, o utiliza los giros característicos de la gente del Bajío. Cuando el tono introspectivo del relato lo reclama, Olivares recurre al monólogo neutro, que contrasta con la galanura de las descripciones de paisajes y con la variedad cromática que ofrece en la pintura de sentimientos o en el análisis de procesos psicológicos. No siempre se mantiene en el terreno realista, dramático o irónico, sino que en ocasiones incursiona en el de la pura imaginación, .donde no obtiene por cierto los mejores resultados. Otras veces intenta el acercamiento a personajes históricos o mitológicos —las versiones de Hércules o de Juan Cristóbal por ejemplo—, empeño en que son apreciables la propiedad, la capacidad de síntesis, la sobriedad con que desarrolla el carácter que se ha propuesto expresar.

Sin duda quedarán como cuentos ejemplares “Aguas broncas” y “Tiempo de aguas”, en los que consigue trasladar el auténtico ambiente de su región y la intensidad dramática por una suerte de inhumano despego de los acontecimientos que narra.

“Aguas broncas” es un relato dibujado a base de contrastes. Por una parte se da la imagen de la tierra empobrecida, resquebrajada por la aridez. Por otra, la de los torrentes espumosos que en alguna época del año anegaban las grietas y dejaban a su paso más desolación que frescura. En lo alto del cerro se recorta la silueta de una mujer enloquecida que aúlla atada al tronco de un árbol en las noches de luna. Abajo, al amparo de las rocas, una joven enamorada aguarda la llegada de su amante. La acción del cuento culmina con la muerte de la loca a manos de Julián cuando ésta ataca a la muchacha.

Pero el clima dramático no está señalado por acontecimientos sino por imágenes de valor plástico, cargadas de un hondo patetismo. La enajenada es lazada y atada a un tronco por su propio hijo, quien también abandona los despojos que quedan prendidos sobre los cactus a semejanza de “una gran muñeca desmadejada”.

“Tiempo de aguas” es en alguna forma un precedente del García Márquez de El coronel no tiene quién le escriba. La humedad pegajosa de las primeras lluvias sobre el barro reseco y la desolación del pueblo en ruinas. Los recuerdos borrosos de don Cleofas, un hombre acabado que sólo mantiene la sensación de una soledad permanente pegada a su cuerpo y a su alma. Por ello le es tan cara la compañía de un cerdo y de una gallina. ¿Existe el futuro? ¿La salud acaso? Los retoños de la ilusión se van apagando día a día. El último, con el despojo. El tuerto Montero no es sólo el carnicero que sacrificó al cerdo. También es el ladrón y el asesino. Don Cleofas pudo ver detrás de aquel único ojo, retratada la escena de su muerte inminente. Un sucio cuchillo de carnicero abría ya las compuertas de la fatalidad.

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