AGUA DE LAS VERDES MATAS

AGUA DE LAS VERDES MATAS

Irma Sabinas Sepúlveda

Agua de las verdes matas,

me tumbas, tú me matas,

me haces andar a gatas ...

MAGUEY Aut. José clemente Orozco

ESE DÍA la gente no quiso comprarme la carne. Unas mujeres decían  que era de cabra vieja, otras de animal enfermo, otras que mi patrón era un chivo. No sé cuántas burlas y ascos me hicieron, el caso es que me cansé de andar cargando la canasta.

Para que nadie me hablara, atravesé el arroyo seco y busqué una sombra de anacua. Mi padre siempre decía que por la reciedumbre de sus troncos y lo apretado del follaje, no había mejores sombras que

las de la anacua. Por eso las buscaba.

No tardé en encontrar una a la orilla del arroyo, pero antes de

sentarme, llevé la’ canasta y  la acomodé arriba de una piedra que

estaba debajo de un mezquite viejo. La tapé con mi camisa y puse

encima el sombrero para que no se volara el trapo. Luego me vine a

la anacua.

Yo no quería beber. El patrón me la había sentenciado esa mañana:

“Si te vuelvo a ver borracho y hablando en verso, despídete de

la canasta, del jacal y de la comida.”

Desde allí se divisaba la cantina de Chito. De seguro que a esa

hora mi compadre Nicolás y “El Mecha ” me esperaban. Pero yo no

iba a ir. Primero era lo primero. No iba a quedarme en la calle por

andar de borracho.

Yo no quería beber. Las moscas verdes zumbaban como jicotes

con rabia alrededor de la canasta. Me acordé del difuntito Chavarría,

aquel que mataron a piedrazos en el agostadero. Las moscas carniceras

se tragaron sus carnes y le dejaron el esqueleto como uña de gavilán.

No más por el sombrero supimos quién era.

¡ Qué feo zumbaban las mosca ! . .. Sentí una especie de agrura

que se me clavó en la lengua. Sin querer, mi mano derecha fue a

parar a la bolsa trasera del pantalón. Saqué mi topo de mezcal. Me

hacía mucho bulto y no me dejaba sentarme tranquilo, por eso lo recargué

en una piedra que estaba enfrentito.

Yo no debía beber. Eso pensaba cuando pasó Melesio arriando unos

burros cargados de leña y me pidió un trago. Se sentó en cuclillas y

agarró la botella de su cuenta. Bebía tan sabroso que hasta me dieron

ganas de arrebatársela, pero no era tan cobarde. Cuando me la devolvió

la puse cerquita pero no la probé.

Hablamos de muchas cosas, y entre plática y plática, me chupé

un pedazo de quiote que me regaló. Tenía la garganta seca y eso me

refrescó un poco. Dejé los bagazos como ixtles.

Luego me preguntó por mis versos y no me hice del rogar. Con

el gusto tan grande que se siente en estos casos, se los fui diciendo

uno por uno, mientras él miraba al fondo del arroyo y echaba tragos.

Cuando acabé, Melesio se arremangó el sombrero y me dijo muy

serio:

-Mira, Cleto, yo no sé por qué, pero tus versos ya no son los de

antes. Parece que perdieron la tonada.

Yo me quedé callado. Sus palabras me cayeron como una  cuchiliada.

Un sudor helado me recorrió el cuerpo y en vez de respirar,

sentí que algo me roncaba en el pecho. La vista se me nubló cuando

agarré la botella.

Estuve un rato recargado en la anacua con la vista en el suelo.

Melesio arrió sus animales y se fue. No quise mirarlo de frente. El

ruido que hacían los burros cuando resbalaban sobre las lajas grises

del arroyo me retumbaba en la cabeza. Las moscas que devoraban las

cecinas me zumbaban en las orejas y quise caerme … ¡ Mis versos no

tenían tonada!

Agarré la botella con todas mis ganas y me prendí como becerro

encalmado. .. j Qué me importaba el patrón!

Para mí, que soy solo, mis versos son mis hijos. El patrón quería

que dejara el mezcal para que perdieran la tonada, pero yo no iba a

dejarme.

Me acabé la botella y luego saqué la anforita que escondía siempre

entre las cecinas. Me la bebí y mis dolores se fueron.

De lo que pasó después, no me acuerdo muy bien. Dice mi compadre

Nicolás que me puse a gritar en medio de la plaza y que la

gente se amontonó para oir mis versos.

El patrón me corrió. Pero como desde ese día mis versos no han

vuelto a perder la tonada, no me importa.

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