ABIGEO

ABIGEO

CAYETANO RODRIGUEZ BELTRAN

( 1866-1939 )

La tarde de aquel sábado fue último día de rodeo; por esta circunstancia estaban solos en la tienda de la casa grande, tío Goyo, tío Chepe y tío Gonifacio, tres tíos de muy recomendables prendas y de historia larga y nutrida, muy contada desde el mayoral abajo.

Este tío Goyo, enteco de carnes, quemado de rostro, de cabeza chica, como para bien contener un muy flaco entendimiento y una menos feliz memoria; pelo blanqueado por los años; patiabierto y patojo de andadura; las manos largas y velludas, tanto, que hasta en los nudillos se le ven los pelos; frente tan estrecha, que si no fuera la escasez del cabello no quedaría nada de ella; ojos vivaces„a los cuales no opaca su brillo las cejas felpudas que en cerdas rebeldes se le vienen sobre los párpados papujados y flojos; mirada franca sin asomo de recelo; lleva la cara rigurosamente afeitada; los labios son delgados y la boca dura y no hundida, porque, a pesar de sus ochenta años, tiene tío Goyo agudos los caninos y fuertes los molares; el ademán es vehemente y el gesto expresivo; ha dejado el lazo y la silla; el correr presto y el lazar acertado, el rodeo y el coleadero ruidosos; pero en sus manos huesudas quedan callosidades y quemaduras por el uso de la reata y la diversión del coleadero; su habla es larga y su decir festivo; entre palabra y palabra echa un terno, como para querer afirmarla; es parco en razones y chascarrillos.

Tío Chepe ofrece cómico contraste con el viejo Goyo:si aquél es canijo, éste es obeso, si aquél peludo de cabeza y flaco de entendimiento, éste es recalvastro y de agudo ingenio; no hay razón para llamarle chaparro, antes bien parece alto, comparado con el pequeño y endeble cuerpo de tío Goyo; desmesuradamente tiene desarrollado el abdomen, con panza tal, que la banda, ceñida con fuerza de faja, no es bastante a reducir la exagerada prolongación de la barriga; para resguardar la calva del relente, lleva grande pañuelo en el fondo del holgado sombrero, pañuelo que en las mañanas arrolla a la cabeza a modo de birreta; el rostro es redondo v carnoso, de la barbilla le cuelgan hasta tres papadas, que, si fueran rojas, se las tomaría por las caránculas de un muy cebado pavo; los ojos son pequeños y ladinos, la mirada aviesa; lenguaraz en el habla y callado en el consejo; va afeitado como un canónigo; la camisa le queda estrecha por abundancia de carnes; patizambo a fuerza de ser buen jinete; decidor a gala de antiguo vaquero y versificador y oportuno como pocos; y en eso de dicharachos nadie le lleva la delantera, porque tiene gracejo y tino para mejorar y trastrocar y subir de punto la cosa más baladí por el sazón. refinado de su verbosidad sin cuento.

Cuanto tío Gonifacio —como de buena manera le llamaban—, es tostado, y de tan alto tueste, que tira a negro; sus ojos son profundos dentro de unas muy hundidas cuencas; esquiva y traicionera la mirada; taimado en el decir y pastoso en la charla; delgado y derecho como un pino y alto y recio como un roble, no obstante sus sesenta años; su rostro es • afeitado y sin carnes; tiene menos cuidado por la barba y crece ella rala, apuntándole los salteados y canosos pelos, ya en las concavidades

chasca-

de abajo de los pómulos, ya en la parte superior de la boca, ya en el remate del puntiagudo y cadavérico rostro; sin preguntarle por su hacienda se echa de ver luego su pobreza, no tanto por lo desaliñado del traje, sino por lo deslustroso y sucio de la mal cosida vaina de un más viejo machete, de cacha descabalada, que por tan largas y obstinadas afiladuras va para rabón, con menoscabo de la calidad de su dueño y con burla y donaire del tío Goyo y tío Chepe, que llevan el machete filoso y cabal, y la vaina nueva y lustrosa; es tío Gonifacio callado y taciturno; oye más que habla, y para todo da muestras de asentimiento con una invariable inclinación de cabeza.

— Eche la otra —dijo tío Chepe al mancebo, que no tenía mucho que ajetrearse por la falta de marchantes—:. Ya sabes: dulce con juerte.

—Un poco picaíto —agregó tío Goyo.

El viejo Gonifacio no habló palabra, y como era su costumbre, únicamente movió la cabeza.

Bebieron el aguardiente de un largo y saboreado trago.

— Ese sí jue calzonúo y devera, deveríta que le amargan lo buche, sí, señor.

— ¡Qué va, señó Chepe, qué va! Esa son papa, purita papa. Sepa osté que yo he m’irao en lo mancho que llevo de vida, y con estos que se han de comer lo gusano, caa cosa que…

— Osté jabrá mírao la siete cabrilla y el lucero del alba, pero. . .

—Pero, ¿qué? —preguntó algo amostazado tío Chepe.

— Pero créame osté que ese sí devera, deverita, que era relambia.

—11-lum! . . . ¡hum! . . ¡huna… !

— A figúrese que tal cual vej fueron los faldetétos por él. . .

— ¿Y qué?

—Que se le jugó de la palma de la mano. . . e pájaro

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de coenta, y pa echarle a una por e lienzo unque no haya ni pringuita de estrella. . .

— Escupa, escupa .osté, que ya me jiede a zopilote. . . pite cate osté, tío Goyo, que había una eterna escurana; una noche muy prieta. . . a lo faldetúos no se le veía ni la mano. Sí, señó; loj indino iban con la rienda tendías y con paso asentao que no jacía volar una mojca: quietoj, muy quietoj. . y el regalbio de mi ahijao . porque era mi ahijao  ¡y a muncha honra!. . . ejtaba con su ñola,

allá mu largo, tendío en la hamaca, toca que toca la jarana, y canta que canta, como precisaamente en un guapango, tan quitao de too, que tenía la bestia apersogaa en un amate de la cerca, cuando, redepente.. . ¡y mire que jue avisao! . le dice a la mojer: “¿no aj alvertío?. aí vienen eso sinvergüensa. .” y diciendo y. . . ¡zas!, se plantó de un salto en el patio, le hizo jorqueta al manco y salió juyendo por la otra puerta y. . . ¡a viaje!. . . y lo que creían tener entro poco al pájaro cantando en la mano, se lej despejoo el asunto.

—De juro que los faldetúos se darían a toitos los de- moños .. .

—Y le preguntaron a la ñola con muncha labia por el ahijao… y la ñola que no se mama el dedo, lej dijo mu quitan de la pena: “¡aquí no al ningún crijtiano ni naiden!”

–.¡Ah qué güen.o etuvo eso!

—De juro darán con el ahijao de tío Chepe por los hopos… ¡ja!… ¡ja!…

* ónde jue?

— ¡Pue atínele! Los faldetúos afilaron por aí y too quedó en calma. ¡Pero no paró en eso el sainete!

—¿Cómo, tío Chepe?

—¡Sí, señó, creame osté que no!

—¿Pite qui hubo?

— Que en su juída a manco en pelo, pue no tuvo tiempo

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pa naa, se topó con un blanco mu arriscao, le pidió la lumbre, se la dio el blanco;ma depué alvirtió mi ahijao que llevaba el otro una búcara de cinco ocasione, y como mi ahijao es ladino, prencipió a poner por la nube al caballo del blanco y a ponderarle muncho la pistola, y el otro, que era fantasioso, se dejó querer, la sacó del carcaj° y se la mostró; el otro se la pidió con muncha labia . . . ¡porque de vera deverita que e mu labioso mi ahijao!… y aquí el taima° del blanco se la dio.

—¡Que buto el jombre!

—Y, ¡pum!. . . se la pone a boca de jarro sobre el pecho, y lo manda apearse del manco, y al menuto se echó a tierra, mi ahijao le hizo jorqueta al animal de un solo brinco, le quitó a la fila el sombrero galoneao, la chaqueta y los pantalones y mu arriscao tomó… tran, tran, tran, rumbo y. . . que le echen lo faldetúos unque lo vean repechar una loma.

— Eso estuvo güeno. ¡A ver, tú, echa otra de dulce con juerte!

— ¡A mí picaíto!

Los abigeos tenían en constante alarma a los ganaderos por el peligro en que diariamente estaban sus caballerías de ser despellejadas o arrebatadas en el monte menos pensado.

Las hazañas y aventuras contadas entre los tres viejos por el parlanchín del tío Chepe, comparadas con los robos hechos en los potreros y los despellejamientos efectuados dentro de las matas, resultaban de poca monta y cosa de juego de muchachos.

El abigeo es producto de aquella libertad campestre, por la cual el amo se aviene a las artimañas y engañifas de los mayorales para darse por bien servido.

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El valor, temerario y no palabrero, es el norte de los abigeos; roban con arrojo y se baten sin miedo; del valor viven y por el robo prosperan; y son los amoríos, de una rusticidad salvaje, el complemento de esa su vida errante, alegrada de galanteos, inquietada por zozobras y dolida por quebrantos; dándose, con todo ello, trazas de aventureros y visos caballerescos, cosas tan del gusto de las mujeres, por cuyas simpatías se va el pudor tras ellos, para pechugar peligros, donde otras hallarían seguridad y no dejarían desacato y mancha para su nombre y persona.

En el machete está toda la defensa de estos tales, sin menoscabo de la pistola, que manejan con acertada y mortífera puntería; el caballo es para ellos recurso en la fuga y salvación en la defensa; con el afilado machete lo mismo cercenan cabezas humanas que desmochan árboles para abrirse vereda; y el caballo, en las treguas y descansos, viene a ser lujo y aliño de afortunado galán más que bestia ágil y ligera que acerca distancia, salva valladares y burla vigilancia.

Mujeriegos, tahúres y fandangueros, son prontos al chiste y sueltos para el jaleo; descorteses a veces, siempre halagüeños, son tan pródigos y ostentosos, que dondequiera que van, con ellos va el dinero que derrochan, acude el galanteo que seduce y pelea el valor que se defiende.

Conocen los vericuetos, salidas, veredas y escondrijos del terreno que pisan y todos sus alrededores con más industria que los rifleros, sus asiduos perseguidores; para su certero lazo no hay res que se escape, y con noche oscura atinan al echar la reata para aprisionar el testuz de la vaca, que en seguida tiene compañera para formar la codiciada mancuerna, que antes que cante el gallo ponen fuera del lugar del robo con tanta maña como diligencia.

Constituyen una banda de forajidos que no se percatan de vivir en poblado, donde tienen su rancho y su mujer, frecuentan el trato de los mayorales, y aun los hacen sus compadres por el sacramento del bautismo, y no por compadríos de camaradas ( sea aclarado para lustre de algunos mayorales ), juegan a veces a las cartas con los rifleros, los tratan de mira, y echan un trago con el codo suelto.

Para artimañas y enredos, para fullerías y trastrueques, las de estos ladrones de ganados, que echan raya a las triquiñuelas y tuquismiquis, a los intríngulis y artificios de los gitanos que cambian el color del pelaje de un rucio en retinto, o a los de los chalanes, que venden ligero y andador, gracias al azogue que le aplican a las orejas, a un garañón, viejo de captura y tardo de paso.

Y para no hacer letanía de todas estas argucias, en seguida van unas cuantas de ellas, que darán ejemplo y serán cifra de las que en el tintero dejo:

Cuando no hay comprador del robo a sabiendas, no se preocupa el abigeo, y en público, y a ojos vistas, vende el despojo, sin temor de ser descubierto; pues bien sabe trasmarcar, adulterar el fierro (que en su jerga se llama ventear), y falsificar un papel de venta, tan limpio y acondicionado, que el propio ministro conservador, o sub- regidor, o teniente de justicia, o lo que sea, creería suyo el Visto Bueno y la firma que lo acredita de auténtico, sin que para tales escamoteos hayan menester buenos instrumentos, que el ingenio con que lo ejecutan es sobrada justificación para darles carta de ciudadanía en un arte que ni Monipodio, Rinconete y Cortadillo, con toda la cofradía, son capaces de inventarlo más presto, más seguro ni más productivo que éste de que me voy haciendo lenguas, no para encomiarlo, ¡líbreme Dios!, sino para vituperarlo, y del cual maldicen los hacendados, escandalízanse los ganaderos, impaciéntense los gobernantes

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y medran los mercachifles porque de todo hay en este asunto, por forma y término que sería largo e impertinente enumerar aquí.

La trasmarca es grano de anís para tales hechuras; con cortar parte de las orejas en figura y punto nuevo, se cambia por completo la señal de la res con que se marcó en el hato. Para adulterar el fierro primitivo, es cosa más dilatada; pintan en un papel la forma de la marca que quieren contrahacer ( que para prosperidad de este arte de birlibirloque suelen ser pocos dibujos y arabescos los de tales herraduras ), la reproducen en barro, que endurecen al fuego, y después, con mucha traza, la calientan hasta el rojo caliente y la estampan con acierto en la espaldilla del animal escogido para ventear; ésta es nueva industria en tales latrocinios; pues antes los chalanes cuatreros sacaban la plantilla del fierro en una lámina de metal, la fijaban con cera por sus extremos en el anca de la res, con mucho cuidado rellenaban el recorte de la figura con pólvora humedecida y se le daba fuego; con este modo pirotécnico quedaba el animal robado con flamante fierro y de tan distinta forma, que no la conocería ni el dueño que le perdió. Para las falsificaciones de papeles de venta, es otro el modo y diferente la manera de la suplantación: no se necesita ni de mucha diligencia ni de estudiado y recóndito recurso para hacerla, que hay gente en el campo, que sin saber leer ni escribir, hacen de corcho un sello, de muy fina factura y de acertada semejanza, tanto, que pueden competir con los de !os fabricantes de selladores de goma, que andan por ahí con anuncios, muestras y otros embelecos para sacarlos adelante en la venta y asegurarles medro en la propaganda.

El riflero es el enemigo jurado del abigeo; y necesita el riflero de penetrante observación, de aguda perspicacia y endemoniada astucia para sorprender al abigeo en el

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momento del despojo, porque el abigeo, picotero y suspicaz, tiene mucha letra, y en asunto de leyes parece que las trae escritas, con el conocimiento de un Licurgo, en las puntas de las uñas, por aquella su manera de declararse inocente y exigir testigos y otras argucias curiales muy en regla para engatusar a los jueces legos y probar las coartadas.

El riflero, por su parte, no le va en zaga al abigeo en eso de ladino y taimado, y se está quedo en la hacienda, lugar en que acuartela, bien charlando en corrillo con los mayorales y mozos, bien tallando y apuntando moza o vieja a la puerta, bien echando sus tragos de dulce con fuerte en compañía de ñor Nicasio o soñó Macario, cuando no un picaíto con tío Goyo; bien enamorando a las muchachas en el guapango de los sábados; pero sucede a veces que el jefe tiene aviso por algún espía de que en tal mata acamparon unos abigeos; entonces los rifleros dejan todos los holgorios y pasatiempos para ponerse en movimiento; aprestan su equipo, requieren el rifle, ensillan los caballos, se ciñen la pesada canana, bien provista de cartuchos, sobre la holgada blusa de bretaña, que les cae en largas faldas cerca de las corvas para levantarse por delante en fuerte y voluminoso nudo; cuelgan la sonante espada del cinto, se tercian la bolsa de combate y quedan aparejados para montar, una vez que el jefe lo ordene.

Esperan el anochecer para la partida, y con la luz de las primeras estrellas toman camino en seguimiento del que los capitanea.

Caminan y caminan, silenciosas las bocas y asentados los pasos, atraviesan la llanura verde que parece ilimitada; se oye a lo lejos el aullido de los coyotes que atacan al ganado; las salvajes dentelladas de los jabalíes que viven de la rapiña en despoblado; después se pierden estas voces y se callan estos ruidos, para sólo escucharse el

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chirrío estridente del incesante grillo y uno que otro mugido de vaca que defiende a su cría del ataque encarnizado de coyote hambriento y artero.

De pronto, el jefe manda echar pie a tierra; entre las verdes fosforescencias de las luciérnagas brilla una llama enrojecida; los rifleros, acostumbrados a estas maniobras, no necesitan de voces de mando, sino que, en silencio,

lo que quizás en otras ocasiones fue ordenado de viva e imperativa voz; y lo primero que hacen es apersogar los caballos de las ramas de una mata; dos se quedan, apercibida el arma, guardando las caballerías, los restantes meten el dedo gordo de la mano en la anilleta del sable para llevarlo suspendido y evitar que suene al dar contra las corvas a cada paso; el rifle lo arman para hacer fuego en caso necesario, y se van sigilosamente hasta donde brilla la luz.

A medida que se acercan, se de aik e: ladrido tenaz de los perros que anuncian la del caserío; después llega, clara y melosa. usa vi: ~ente y varonil que canta:

Si te puiera. mar

mi amor en umic

te habías cit‑

que ningún

a poerlo t en fe, le-altá

Y voces mezcladas de – Aml acentos masculinos, e – acompañado del retint± guitarra:

en fe,l-eu–ITh poerlo

—¡Fandango! —exclamar

–iAí debe estar ese! —contesta el jefe como para animar a los otros a seguir la marcha.

Ya inmediatos al lugar de la fiesta, los de la jornada hacen alto y se ocultan debajo de la extensa ramazón de una copuda ceiba.

Al cabo de largo tiempo de estar en acecho, exclama el jefe con voz queda pero iracunda:

— ¡Lo que e por o•ita se nos despejeó el asunto!

Y vuelven todos a deshacer el camino andado.

Van callados, hoscos, de igual talante que cazador que retorna a su casa falto de presa y sobrado de quebranto, pero sin dejar las precauciones de antes.

A poco andar, interrumpe el silencio de la noche un agudo silbido; todos, como por ensalmo, se detienen, se agazapan entre las matas, y por más que escudriñan en la reinante oscuridad del campo, no distinguen ningún indicio de persona; uno de los rifleros, que con empeño amusgaba los ojos para ver mejor en las tinieblas, pega el oído al suelo y percibe el retumbo sordo del trote de un caballo que se acerca.

— ¡Quietos! ¡pronto estará a nuestro alcance!

Se oía muy cercano el galopar; ya estaba el jinete casi encima de los rifleros.

— ¡Alt0000ó! —gritaron con voz formidable, a la que sucedió el sonido metálico de los gatillos de las armas preparadas para hacer fuego.

El que parecía fugitivo, montado en pelo de un brioso alazán, pronto se vio rodeado de seis bocas de fuego que le apuntaban rígidamente al pecho.

5 —¡Dése preso o hacernos fuego! —gritó el cabo de los

rurales.

El jinete tiró con fuerza de la reata con que traía embozalado el alazán para detenerlo en su ímpetu de lanzarse a la carrera; se desmontó; luego, tendió la reata del bruto al que tenía más cerca y se puso entre filas.

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atronadores

lento coro,

teo de la

En el descampado que dejaban unos corpulentos cedros talados el día anterior, se detuvo la escolta con

el preso.

— ¿De quién es ese alazán?

— Me topé con él allá abajo, y como trai estampan el fierro de mi compá Gualupe, lo trufe…

—¡Ese caballo es robao!

—¡Por Dio y María Santísima que no!

—¡Prepárate, que te vamos a quitar la gallina!

—¡No! ¡Si el caballo es de mi compá Gualupe; se lo juro a osté por toítos los santos!

Y el infeliz, sentenciado a muerte, se retorcía de dolor y lloraba de desesperación; le besaba los pies al inflexible jefe; clamaba, gritaba e imploraba a todos los santos del almanaque; desgañitábase en vano; y, ronco y transido, ponía tregua a su llanto hondo y amargo para orar atropelladamente.

—¡Preparen, apunten, fuego!

Acallaron todos los ruidos nocturnos al estampido de una descarga cerrada.

El abigeo cayó de bruces, lanzó lastimosos quejidos y murió en seguida.

—A ver, muchachos, levanten al defunto y pónganlo

atravesao en el manco.

Silenciosamente acataron el mandato los rifleros, sirviéndose para atar el cadáver a la cabalgadura del mismo pedazo de reata que se usó para sujetar por los codos al

prisionero.

El jefe, con su vozarrón, ordenó:

—Echen a andar pa alante al caballo, lo seguiremos

a corta distancia.

Se fueron, ladeando las matas, hasta llegar al lugar donde dejaron apostados con las caballerías a los otros

compañeros.

Al reunirse no demostraron sorpresa con ver la fúne‑

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—¡Codéenlo! —ordenó el jefe.

Cortaron los rifleros un buen pedazo de la reata que sujetaba al caballo, y con esta cuerda amarraron, codo con codo, los brazos del preso; colocáronle en el centro, se echaron adelante dos rifleros, otros dos a los lados y los dos últimos atrás, y así iba el desfile, seguido por el jefe, que llevaba a la cola el alazán.

No era mala tanta prevención para conducir al preso; pues otra vez, y en noche igual por oscura, un avisado abigeo no fue muy ceñido de codos y llevaba la cuerda demasiado suelta, y como el cabo de donde lo sujetaban era muy largo, se adelantó a sus guardianes, ya que había pedido con mucho desplante la lumbre a uno de los conductores que fumaba, para encender la tagarnina, que no se quitan estos gañanes de la boca, puesta a echar humo como chimeneas; y por sus grandes troncos obligaba a los conductores a retardarse en el paso y a hacer frecuentes paradas; en estos andares llegaron a unas matas, se tropezó uno de los rifleros en un hoyanco, cayó en tierra, se juntaron todos los de la partida, y cuando volvieron a tomar la interrumpida marcha, el abigeo había desaparecido de entre las manos de aquellos celosos guardianes; aquí del jurar y maldecir de la burla; y echar pestes y reniegos y porvidas, y andar a saltos y brincos, y lanzar gritos y soplar silbidos para quedarse, a la postre, con un palmo de narices.

¿Qué pasó, pues?

Que el abigeo se dio tal maña con la lumbre del puro, que la aprovechó para quedarse sin cuerda y tener industria y esperar caso para poner muy lindamente los pies en polvorosa.

De este lance, que fue contado por todos los alrededores donde sucedió, proviene el que los guardianes de la seguridad pública en aquellos contornos sean más cautos para conducir codeados.

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menta; allá, a distancia, a la luz blanquecina de los relámpagos incesantes, se veía un jinete que llevaba tardo y dificultoso el paso, cual si su cuerpo no pudiera resistir el peso refrescante del nutrido aguacero.

Escampó. Cesó. el viento y aclaróse el cielo.

Bajo las copas entretejidas de las matas se hacía más intensa la sombra y más misterioso el silencio.

Los pardos nubarrones fueron barridos por las últimas rachas que hacían sacudir los árboles de las gotas de agua que escurrían por sus hojas; de vez en cuando, un claro dejaba ver las estrellas, y, por remate, plateó la luna su disco en la altura y fue luego a reflejar sus fulgencias en la superficie cristalina de los aguazales que, aquí y allá, espejeaban el hilillo trémulo de los luceros.

El jinete chapoteaba con su cabalgadura en las inevitables hondonadas, y la ponía a pie enjuto cerca del sombrajo de las matas que cubren de vegetación la extensa y reverdeciente llanura.

De pronto, la caballería del nocturno jinete se detuvo, con las orejas enhiestas y anheloso el resuello; lanzó un relincho, resopló fuerte, escarceó un tanto, alzó las patas delanteras, comenzó a gallardearse, a encabritarse, a saltar, sin obediencia a la rienda ní respeto al jinete: por entre las ramas de un añoso roble se dibujaba, blanca, indecisa, una forma que oscilaba con el balanceo fatídico de un ahorcado; oyóse un quejido que partía de muy hondo; el jinete sintió frío hasta la medula, rayó el caballo con un desesperado tirón de riendas, picó fieramente la espuela, volvió grupas al lugar de la fúnebre visión y co•rrió sin aliento a lo largo de la vereda, soltó las riendas, y el caballo, sin freno ni gobierno, volaba desaforadamente, desandando el camino, sin que a los ojos atónitos de su carga dejara de balancearse el cuerpo y en sus oídos de zumbar la quejumbre del colgado del robledal.

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.:_re carga del alazán; sólo dijeron a guisa de réquiem: –’Ya cayó el pájaro!” y se cerraron de pico mientras des- ,ape rsogaban las bestias; pero ya que eran jinetes en sus flacuchos jamelgos, tomaron rumbo a la hacienda, quién cantando coplas de nocharniego, quién silbando una danza de las muchas que se tocan en los bailes de San Nicolás, quién contando chascarrillos con donaire para sacar risa en carcajadas estúpidas, a tiempo que el muerto =_ba rebotando sobre los recios lomos del brioso alazán, y en cada trote el difunto parecía exhalar lastimeros quejidos, que no eran escuchados por el largo y nutrido charlar de los jinetes.

noche llegaba con lentitud, como si el sol esplén‑

que había alumbrado la rica vegetación del campo

-:iente se doliera de abandonar el fresco y apacible

Visaje: a poco de oscurecer, densos nubarrones oculta‑

ran las estrellas que rutilantes tachonaban el firmamen‑

to; comenzó a soplar viento del terral; después cayeron

zuesos goterones; fulguró el relámpago en el horizonte

is, iluminando la dilatada extensión del llano, y a lo

l_ejos, cual gruñido de jauría famélica, retumbó, ronco y

repidante, el trueno; los árboles se quejaban al ser movi‑

:las sus recias ramazones; case el caer de la lluvia, amor‑

ne-,uado por lo polvoroso del suelo; en seguida deshízose

en aguacero torrencial, diluviano, golpeando con metáli‑

cos sonidos las hojas tostadas de las ramas y haciendo

exhalar a la tierra, antes seca y caldeada, un váho fresco

y- agradable que se entraba por el olfato y ensanchaba y

vigorizaba los pulmones; los relámpagos se sucedían uno

.a-as otro, casi sin intervaló; el trueno, formidable y fra‑

goroso ya, estallaba en el espacio; los insectos y alimañas

del bosque callaban ante el ruido imponente de la tor‑

Acababa el día, alumbrado como por una hoguera que ardiese con lumbres de intenso fuego y tiñera el horizonte con una faja sanguinolenta que doraba los árboles de un chispeo incesante y maravilloso; los mayorales regresaban al caserío, y, en lontananza, se oía el quejumbroso v dilatado ifeeí! ¡freí! . alternando con el itoóm!. itoónil. . de los que llamaban el ganado y de los que lo conducían a los corrales, para verse al cabo las evoluciones de los vaqueros cubriendo la llanura con los airosos caracoleos de sus caballos y la densa polvareda de las precipitadas carreras.

Tío Goyo, tío Chepe y tío Gonifacio, sentados en sendos taburetes de rígido respaldo y bajo el techo de largo “galerón”, comentaban la muerte del abigeo y echaban, con su habitual crudeza, pestes contra el jefe, porque el muchacho del alazán nunca fue ladrón; por el contrario, era honrado a carta cabal, y bien que lo justificó el compá Gualupe al declarar que a él pertenecía el caballo que los rifleros tuvieron por robado; el jefe, por su parte, se lavó las manos, corno Pilatos, y dijo, a modo de excusa, que siempre en este mundo pagan justos por pecadores.

—¿Ya osté sabe, tío Chepe?

—¿El qué?

—Que el demoño del jefe va a colgar el moruno y a soltar al cuaco al potrero.

—¿Cómo?

—No se jabla de otra cosa en la hacienda.

— ¿Y por qué e eso?

—Pue no se sabe; pero dicen por al que dende que jue noche pasaas al monte y lo cogió la trubunaa anda como múo, no jabla palabra y se ha ejtao encerrao sin asomar las narice pa naa.

— Ejtará embrujao; porque pa la trubunaa con haber rezan la manífica ejtaba salvo de cualquier desgracia. —Quién quita que ansina sea.

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—Pue yo muncho que me alegro; ¡te juro que no giielve a matar a naiden naa ma porque sí!

En la hacienda y sus alrededores no había dos personas juntas que no trataran, por centésima vez, del baleado y de su inocencia, maldiciendo de los rifleros y acordándose más de la cuenta, y olvidando el respeto debido, de las respectivas madres de ellos.

Y una vieja que dio friegas al jefe de los rifleros, al llegar a la posada dando diente con diente, contó que después que el rural fue sorprendido por la turbonada, se le apareció un fantasma colgado de un roble, lanzando tal quejido que se espantó el caballo y echó a correr seguido de la sombra, que no era otro sino el muchacho que días pasados había fusilado.

Y prosperó el cuento del aparecido en corrillos de mozos y en fandangos de sábados; y no volvióse a saber del riflero, protagonista de esta verídica historia; y se puso una cruz en el lugar del sucedido; y tío Goyo, tío Chepe y tío Gonifacio no pasan por allí ni aun rezando los tres a coro la manífica; y hasta la fecha se recuerda el susto del riflero, la inocencia del fusilado y el fantasma del robledal.

(De Cuentos costeños)

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CONSULTAR. Clementina Díaz y de Ovando, Dos novelistas veracruzanos (México, 1952). Leonardo Pasquel, “Cayetano Rodríguez Beltrán”, Hoy (22 de dic. de 1956), p. 66. Carlos J. Sierra, “Escritores veracruzanos: Cayetano Rodríguez Beltrán”, Boletín Bibl. Sec. Ed. y C.P. (1° de mayo de 1959).

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