LA TRISTE HISTORIA DEL PASCOLA CENOBIO

LA TRISTE  HISTORIA DEL PASCOLA CENOBIO

Francisco Rojas González

del Libro “El Diosero”

CENOBIO TÁNORI vivía en Bataconcica;  joven y galán, “estimado de los hombres y amigo de las mujeres”, el yaqui gustaba lucir su arrogancia en ferias, festividades y velorios, donde hacia gala de sus aptitudes para la danza. Fama era de que en toda la región no había con quien se le comparara en el arte de bailar, de bailar las danzas ásperas, rigurosas  y ancestrales… Para Tánori no había mayor gloria que lucirse en los airosos saltos del “pascola” , sacudiendo como joven bestia las pantorrillas forradas con los vibrantes “ténavaris”, que son especie de cascabeles de oruga o de capullos. Era placer para todos admirar la gracia y la donosura con que Cenobio Tánori, con el rostro cubierto por horripilante máscara caprina, arañaba con los dedos de sus píes desnudos la pista de tierra suelta y recién regada, cubierta en veces por pétalos de rosas o por verdura cimarrona, al compás de la melodía pentafónica nacida de la flauta de carrizo y cómo su torso hercúleo y desnudo se cimbraba, se estremecía, a imitación del animal revivido en sus instantes más emotivos: el coraje, el miedo, el celo, mientras la sonaja de discos en la izquierda del danzarín se acomodaba al ritmo punteado del redoblante, instrumento capital en la música que acompañaba a la coreografía totémica.

El arte no ha sido pródigo para quien lo ejerce; las intervenciones de Tánori tenían por lo general flaca recompensa: Una humeante y olorosa cazuela de “Guacavaqui”, un trozo de carne de res asada en brasas, un par de tortillas de harina de trigo suaves y calientes y un puñado de cigarrillos de tabaco negro y picante… Eso, aparte de las sonrisas y de las caídas de ojos, de los guiños con que las mujercitas pretendían atraerse la atención de aquel bohemio silvestre, de aquel esteta rústico y arrogante.

De pueblo en pueblo, de feria en feria, iba Cenobio Tánori llevando su alegría. Lo mismo pespunteaba un “pascola”, que ejecutaba las prolongadas y bulliciosas danzas de “El Venado” o “El Coyote”, ambas de primitivo origen, bárbaras y bellas como el ambiente verde azul, como la vegetación agresiva y hermosa que rodeaba la plazuela del villorio donde se celebraba el festejo: Babójori o Tórim, Corasape o El Babero…

Pero un día ya estaba escrito, la vida del vagabundo quedó prendida… fue en su mismo pueblo, en Bataconcica, donde el pensamiento, donde la voluntad del trotamundos quedó liada, como copo de algodón entre las espinas de un cardo, de las pestañas “Chinas” y tupiditas de un par de ojazos café oscuros, traviesos e inquietos, los ojos de Emilia Buitimea, aquella muchacha pequeña y suave que logró pescar para sí lo que tanto anhelaban todas las jóvenes yaquis en edad de merecer: A Cenobio Tánori, “El Pascola”, garrido y orgulloso.

Pronto se habló de los dos juntos: de la Emilia y de Cenobio. “Buena pareja”, comentaban los viejos… Más las ancianas, con los pies mejor hincados en la tierra, se aventuraban por el comentario realista: “Lástima que Cenobio ande tan flaco de la bolsa… ¿si llueve con qué la tapa?” o bien el optimista augurio: “El suegro, Benito Buitimea, es rico y sabrá ayudar al muchacho.

Pero Cenobio Tánori seguía siendo orgulloso y “echado pa’ atrás”, a pesar de estar enamorado: él nunca consentiría en vivir a costillas del suegro… Jamás sería un arrimado en la casa de su futura.

Tales determinaciones cuesta mucho sostenerlas; dígalo si no Cenobio Tánori el danzante,  quien se olvidó de ferias y holgorios en busca de lo esencial para una boda, si no rumbosa, por lo menos digna de la condición de Emilia Buitimea.

Animoso y decidido vemos a Tánori colgar para siempre sus amados “Ténabaris” para contratarse como peón; trabajar tras de la yunta que pujaba en la tarea de abrir brechas en la tierra prodiga y profunda del “Valle del Yaqui”; cargar sobre sus lomos los sacos ahitos de garbanzo o recoger en haces las espigas trigueras… La gente en general se admiraba de ver al eterno trotamundos sometido a un esfuerzo al que nadie pensó que algún día tendría que someterse…

Más la labor agobiante del peón de surco no da mucho… y los días se iban ante la ansiedad del muchacho y la tristeza silenciosa de la Emilia…

Un día creyó llegado el fin de sus congojas; fue cuando un forastero lo invitó para que le sirviera como guía en una expedición por el cerro de “El Mazocoba”; se trataba de descubrir vetas de metales preciosos; la soldada ofrecida era muy superior a la que Cenobio Tánori lograba en las duras tareas agrícolas, sólo que había un grave inconveniente para aceptarla: Los indios los “Yoremes” sus paisanos, no veían con buenos ojos que hombres blancos y avarientos hoyaran la tierra de la serranía venerada, y mucho menos aceptaban que fuera precisamente un yaqui de la calidad de Cenobio Tánori quien condujera por los senderos escondidos, por las rutas misteriosas de “El Mazocoba”, a los odiados “Yoris”.

Estas circunstancias determinaron que Tánori no se contratara tan pronto como se le presentó la oportunidad… pero la necesidad, la urgencia latente en el corazón del indio, ayudadas por la insistencia del gambusino y por la anuente actitud de Emilia Buitimea, acabaron por vencer.

Cuando retornó a Bataconcica, traía el bolso lleno; tres meses de servicios prestados fielmente al “Yori” le habían deparado no sólo lo suficiente para la boda, sino también algo con qué afrontar los primeros gastos en su futura vida al lado de la Emilia… Pero a cambio de tantos bienes, Cenobio Tánori tuvo que encararse a una situación bien desagradable: Los “Yoremes” viejos, aquellos dueños de la tradición siempre agresiva siempre a la defensa contra el blanco, lo recibieron fríamente, algunos hasta se negaron a darle el tradicional saludo de bienvenida. El muchacho sufrió estoico los desprecios, contando como contaba no sólo con el cariño de su futura mujer, sino con la simpatía de la gente moza, simpatía que alcanzaba elevadas proporciones cuando se trataba de las jóvenes, de aquellas a las que no afectaba mucho ni el manchón que los ancianos advertían en la personalidad del danzante, ni el compromiso matrimonial de éste con la Emilia, pues ni aquello las lastimaba, ni esto las desdoraba…

Y una tarde, cuando Cenobio Tánori aguardaba, a media calle real de Bataconcica, la oportunidad de encontrarse con la Emilia, advirtió la presencia de Miguel Tojíncola, aquel viejo enorme, de cara negra, labrada con hachazuela, quien tambaleante de embriaguez se acercó al danzarín para burlarse de él con carcajadas hirientes: Aquí tienen, hombres y mujeres, al “Yoreme” que se hizo burro, que se hizo jumento para que le varearan las ancas y se le treparan en los lomos los “Yoris”… Y otra risotada atronaba el ámbito, otra risotada injuriante, majadera, a la que coreaban cien más salidas de las bocas de los que habían acudido al llamado del viejo Tojíncola.

Cenobio Tánori, con los ojos bajos y un poco pálido contenía sus ímpetus, porque el respeto a los ancianos alcanza en los yaquis proporciones religiosas, más el ebrio, sin curarse de la humilde actitud continuaba implacable:

“Tan muchacho y tan fuerte prestándose a los Yoris como una mujerzuela”…

Cenobio Tánori mordía sus labios y hacía no escuchar a los tercos. En torno de él había varios niños y algunas mujeres que apuntaban con sus dedos al cohibido, al tiempo que festejaban con chacota las ocurrencias y las injurias que brotaban por la boca desdentada del vejete:

“El agua te sabrá amarga; La tortilla no te pasará del galillo, la tierra de tu parcela no dará mas que choyas, por que el diablo se meará en todo lugar donde pongas tu mano…”

La situación rendida del muchacho excitaba más y más los ánimos de Tojíncola quien disgustado por no provocar reacciones más categóricas en su víctima hizo brotar de sus labios, plegados por la rabia, el insulto mayor que pueda pronunciarse en lengua Cahita:

“Torocoyori”, dijo lentamente. “Torocoyori”, repitió, esto es, traidor, vil, vendido al blanco… “Torocoyori” “Torocoyori”… A la injuria repetida a gritos acompañó un escupitajo que escurrió por la mejilla casi imberme  de Cenobio Tánori…

Claro que los postreros recursos empleados por Tojíncola fueron lo suficientemente categóricos como para mudar la paciente actitud. El muchacho contrajo su cuerpo, dio dos pasos hacia atrás para dar un salto de víbora en acoso… Nadie pudo contenerlo, porque a flote le salía el instinto que apresaron su voluntad y “su buena crianza”, durante prolongados y angustiosos instantes…

El puñal prendió el pecho del anciano, quién rodó por tierra vomitando espuma bermeja.

Cenobio Tánori no trató de huir. Con el arma en su diestra aguardó que lo aprendieran las autoridades indias; sumiso, silencioso, pero altivo e impertérrito, siguió a los dos alguaciles que se presentaron al lugar de los sucesos… En una esquina Emilia Buitimea miraba a su novio con los ojos estrellados de lágrimas; él levantó su mano en un tímido ademán de despedida… y marchó en pos de sus aprehensores por la calle Real, hasta llegar a la prisión. Al paso del grupo que seguía al “pascola” y a sus aprehensores, los viejos “Yoremes” permanecían mudos, las mujeres hablaban en voz baja… y las mozuelas, las admiradoras del danzante, dejaban inflamarse su pecho al impulso de un suspiro.

Al cuartucho carcelero donde la justicia india había recluído a Cenobio Tánori, acudía la gente para demostrar su afecto al “pascola” en desgracia. Las más perseverantes concurrentes eran las mujeres jóvenes, las muchachas que, tímidas y un poco amedrentadas, se acercaban hasta la cárcel llevando entre sus manecitas morenas y chaparras un manojo de flores montaraces, una fruta en sazón o un manojo de cigarrillos, que colocaban sobre los travesaños de la recia puerta de madera, cierre del tugurio tenebroso en el que el danzante aguardaba el día en que el pueblo le hiciese justicia… Cenobio Tánori, magnífico, altivo como un Dios ofendido, recibía en silencio y lleno de gravedad aquél tributo de sus sacerdotisas.

Claro que no se hablaba de otra cosa en Bataconcica que de la muerte del viejo Tojíncola y del futuro de su matador. La ley india era concluyente: Puesto que Cenobio Tánori había matado debería sucumbir frente al pelotón de las “Milicias”… tal decía la tradición y tal debería ejecutarse, a menos que los deuds del difunto Don Miguel Tojíncola le otorgaran su gracia al matador, cambiando la pena de muerte por otro castigo menos cruel… pero no había muchas esperanzas de alcanzar para el reo la clemencia que muchos desearan.

La familia del muerto la formaban una viuda y nueve hijos, cuyas edades iban desde los dieciséis hasta los dos años. La viuda era una mujerona vecina a los cincuenta, enorme de cuerpo, huesuda de contornos, negra de color, con un perfil de águila vieja; sus ademanes bruscos y su actitud siempre punzante y valentona no daban ninguna ilusión con respecto a una posible actitud de indulgencia. Por el contrario decíase que Marciala Morales, tozuda, enérgica y vengativa, había prometido ser implacable con el asesino de su marido Miguel Tojíncola.

Tan embarazoso porvenir para el “pascola” arrancaba crueles reflexiones a los viejos, comentarios amargos a las mujeres, y lágrimas, lágrimas vivas a todas las jóvenes, quienes a pesar del compromiso matrimonial de Cenobio Tánori con la Emilia Buitimea no consideraban  perdido para siempre al hombre que en ellas había logrado despertar la dulce ansiedad; la ansiedad que, por ejemplo, despierta el alba en el buche del mirlo o en el ala de la mariposa.

Entre tanto, todo se alistaba para la instalación de los tribunales que deberían juzgar al homicida.

La justicia Yaqui está circundada por una ronda de formulismos y de prejuicios infranqueables; el pueblo, asistido de las altas autoridades tribales, es el que dicta la última palabra tras de discutir, tras de perorar horas y horas en un dramático estira y afloja…

Pues bien, ya estamos en la plazuela de Bataconcica; una pequeña multitud se agolpa en espera del reo. En lugar destacado vemos a los “Cobanahuacs” o gobernadores, graves en su inmóvil actitud, y a los severos “Pueblos” que cargan sobre sus lomos toda la fuerza del poder civil de la tribu. Ahí están representados los ocho grupos que integran la nación Yaqui: Bácum, Belem, Cócorit, Guíviris, Pótam, Ráhum, Tórim y Vícam… Cerca de este impresionante grupo de ancianos, está Marciala Morales, la viuda, rodeada como clueca de sus nueve hijos; los mayores cargan en sus brazos a los pequeñuelos que gimen y escandalizan. De ella, de la viuda de Miguel Tojíncola, no se puede esperar nada favorable para la suerte del bailarín; así lo dicen su mueca feroz y su gesto desafiante, ante los que se inclina el clan familiar, con sumisión religiosa que la mujerona, la casi anciana, recibe en disposición repugnante, dura y mandona.

Al frente de la multitud vemos a un pelotón de jóvenes milicianos armados de máuseres que esperan, marciales y sañudos, que la sentencia se consume para cumplirla estricta, fatalmente.

En los rostros impenetrables de los indios ha caído un velo sombrío, particularmente esta señal de desazón se hace más notable en las jóvenes mujeres, en aquellas admiradoras de la apostura y de la gracia del “Pascola “

Malaventurado… Emilia, la amada y prometida de Cenobio Tánori, está ausente debido al veto que a su presencia impone la ley; sin embargo, su padre, el viejo Benito Buitimea, rico y afamado, no esconde su emoción ante aquél dramático suceso del que es protagonista quien un día quiso ser su yerno.

El tétrico redoble del tamborcillo, instrumento obligado en todos los actos trascendentales del pueblo yaqui, acalló los rumores y las voces… Cenobio Tánori solo, sin guardas, con la cabeza levantada, dejando que el aire despeinara su espesa cabellera que alcanzaba a acariciarle hasta los hombros, cruza por la valla que la gente ha abierto a su paso; lleva el atractivo atavío con el que tantas y tantas veces había arrancado el aplauso de los “Yoremes”, la intención pecaminosa de las hembras casadas, el suspiro ahogado de pudores de las solteras y la admiración de todo el pueblo: Las espaldas y el pecho desnudos para dejar lucir plenamente su musculatura que resalta bajo la piel lustrosa de un leve sudor; pendientes del cuello collares de cascabeles de crótalos; entre las piernas, a horcajadas, una manta de lana fina sostenida por fuerte cinturón de vaqueta crudía, del que penden pezuñas y colas de venado, y en las pantorrillas los “Ténabaris”, que suenan al paso del danzante como campanillas cascadas…

El danzante marcha altivo, con paso firme y flexible, hasta llegar al centro de la plazuela para encararse con su juez, que lo será todo el pueblo… nadie ignora, incluso Cenobio Tánori, que muy a pesar de las circunstancias que mediaron en los hechos fatales, que no obstante, además, la admiración, la popularidad y la simpatía que el “pascola” mantiene entre su gente, ninguno podrá torcer los dictados legales, que nadie podrá conmutar la sentencia de muerte que se prepara, excepto Marciala Morales, la rencorosa y horrible viuda de Miguel Tojíncola y de quien nada podría esperarse dado su agresivo comportamiento…

En esta situación se escuchó la voz seca de vejez y vibrante de emociones del “Pueblo mayor” a quien la ley obliga a acusar, a acusar siempre en defensa de los intereses, de la paz y de la concordia del grupo. Tras de expresar los hechos debidamente sustentados en declaraciones y testimonios, concluyó excitando a todos:

“Las leyes que nos dejaron nuestros padres como la más venerada herencia dicen que el “Yoreme” que mate a un “Yoreme” debe morir a manos de los “Yoremes”…pero yo, pueblo mayor de Vícam, la Santa Tierra, pregunto a mi gente si está de acuerdo a que al hermano Cenobio Tánori se le mate como murió entre sus manos el hermano Miguel Tojíncola…” Las últimas palabras flotaron en el aire breves instantes; después las siguió un rumor como de marejada y luego la voz distinta que se impuso grave y categórica:

“Sí, máuser…

“Heui, máuser… ehui, máuser… máuser… máuser… «

El clamor se generalizó. Caía sobre la cabeza destocada de Cenobio Tánori como una tormenta.

El “Pueblo Mayor” había levantado su mano avejentada y seca como la raíz de un pitahayo, dispuesto a dejarla caer como afirmación determinante del juicio de su pueblo…

Pero entonces las mujeres jóvenes, venciendo sus pudores y sus timideces, imploraron con voz débil y temblorosa:

“Vélo, Marciala Morales, y entonces lo perdonarás… tu misericordia la agradecerán todas las mujeres del mundo… sálvalo de la muerte porque es noble y es valiente… vélo, Marciala Morales, es bello como un pájaro de colores y gracioso como un bura joven”.

La viuda miró con malos ojos al grupo de mozas qua así imploraban. Con los dientes apretados, muda de furores y la mirada perdida en un desierto de odios, se volvió hacia Cenobio Tánori que permanecía erecto, orgulloso, magnífico en medio de la plazoleta…

Poco duró aquella mueca en el rostro de la vieja, porque su cara arrugada se ablandó por un inesperado impulso; sus ojos, ante la insospechada emoción cobraron un brillo humano, desconcertante; su boca perdió los repliegues del rencor y dio lugar a un gesto bobo, laxo, imbécil…

Los hombres, por su parte, se mantenían en su terrible determinación:

“Máuser… ehui, máuser, máuser… ehui , máuser, mauser… »

El pueblo mayor ante la ensordecedora algarabía, no atinaba a bajar su mano como seña de que la sentencia se había consumado. Hubo un momento en que nadie hubiese podido distinguir siquiera una sílaba de aquel rugir de bestias, de aquel parlotear de pájaros, de aquel rumor de aguas desbordadas.

De pronto una voz chirriante y destemplada se metió en los oídos de la multitud. Era la de Marciala Morales, quien de pie y rodeada de su prole, pero sin retirar la vista que se había quedado fija en el danzarín, hacía ademanes tratando de silenciar a la multitud.

Todos los ojos se volvieron hacia ella; estaba magnífica de fealdad y de barbarie:

“No –gritó-, máuser no… este hombre ha dejado sin padre a todos estos hijos míos. La ley de nuestros abuelos dice también que si el ‘Yoreme’ muerto por otro ‘Yoreme’ deja familia, el matador debe hacerse cargo de los deudos del muerto y casarse con la viuda… yo pido al pueblo que Cenobio Tánori, el ‘pascola’ se case conmigo, que me proteja a mí y a los hijos del difunto… no, máuser no… que Cenobio Tánori ocupe en mi ‘tarima’ el lugar que dejó el viejo Miguel Tojíncola… eso pido y eso deben darme”.

Siguieron instantes de un silencio profundo… y luego bocas alteradas, gritos, carcajadas, injurias, cuchufletas y todo volvió a tomarse en un guirigay endemoniado. Cenobio Tánori quiso hablar, más la batahola le impidió que sus palabra fueran escuchadas.

El “Pueblo Mayor” dejó caer pesadamente su mano. Se había hecho justicia con estricto apego al código ancestral… otra vez más los nobles yaquis mantenían fidelidad a sus tradiciones.

El fracasado pelotón desfiló a redoble de tambor; la gente empezó a dispersarse.

Marciala Morales, seguida de su larga prole, llegóse hasta Cenobio Tánori y lo tomó por el brazo:

“Anda, buen mozo -le dijo-, tú dormirás desde hoy junto a mí, para que descanses de lo mucho que tendrás que trabajar en mantener a esta manada de “buquis” que recibes como herencia del viejo Tojíncola que Dios tenga en su gloria por los siglos de los siglos…”

Fue entonces cuando el afamado “pascola” perdió sus bríos: con la cabeza gacha arrastrando sus pies, ridículo como un títere, siguió a su horrible verdugo, quien sonreía triunfadora al paso de las mozuelas que se negaban a mirar de lleno el ocaso de un astro, la muerte de un ídolo resquebrajado entre las manos musculosas y negras de Marciala Morales…

El cielo, rabiosamente azul, cubría la escena del melodrama y el sol calcinaba el terronerío de la plazuela.

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