EL NORTE

EL NORTE

Juan de la Cabada

SUELE ocurrirnos —¿verdad?— cuando estamos en gran peligro, y especialmente si, precediéndole, se desencadenan sobre algunas personas de nuestra convivencia una serie de adversidades, que juzguemos la situación nada más lejos de lo casual y atribuyamos las anteriores tribulaciones y el trance de peligro a cualquiera de los individuos que nos acompañan de modo tan próximo, tan estrecho, como el de un viaje por mar o por aire, verbigracia. Pero son peores todavía las dudas de ser quizá, en efecto, el causante de las desgracias, y la vergüenza y el temor a tal sospecha —o certeza— por parte de alguien que complete nuestro círculo irrompible.

Si dicha última compleja percepción —a menudo errónea— es propia de una aguda sensibilidad, y si ésta es distintivo atributo de la extrema juventud en temperamentos peculiares —no importa la dureza externa y el medio rudo dentro del cual se desenvuelvan—, ¿qué reparo hay del caso en Pepe Vargas, el maquinista de la Perlita, cuando apenas acaba de cumplir diecisiete arios? Y menos aún si consideramos que los demás tripulantes se habían encontrado navegando —ya en este buque, ora en el otro— y vencido juntos innumerables peripecias, de lo cual resulta siempre, naturalmente, más que una confianza mutua, una colectiva identidad, mientras que Pepe y el galletero —el último mono de a bordo— eran los únicos nuevos partícipes de la marinera dotación.

Con cupo de 16 a 20 toneladas, la Perlita es una canoa campechana de vela y motor. Excepto el capitán y el muchacho galletero, su personal es de siete hombres; pero ahora sólo trae cinco arriba y uno abajo, en la bodega.

Las piernas fijas a un cabo, firmes las manos, ahora el capitán viene al timón. En zozobra, sin quitar ojo del motor y atento a su marcha, Pepe Vargas no sale del cuarto de máquina. La popa de la nave debe mantenerse a la corriente del mar, pues a la mano de Dios retorna de Coatzacoalcos jadeando, sollozando, capeando el temporal. Sobre cubierta, el resto de la marinería yace sujeto en amarre a los palos desmantelados. Las bodegas han sido calafateadas y tapadas las compuertas con sus grandes y gruesas lonas impermeables. Incesante zumba el viento. La embarcación patina estremecida; luego resbala de pronto y cae convulsa dentro de un precipicio al que rodean montañas sólidas, macizas, de agua negra, para después levantarse a bandazos y caer de nuevo en acceso continuo de temblor y de crujidos.

No obsta el sentir sin tregua el peligro de naufragio para que, principalmente cuando advierten los marineros el sordo chocar del cargamento a los ríspidos vaivenes, se miren desde sus trincas los unos a los otros, interrogándose ansiosos, con mudos ayes doloridos, sobre la suerte del prójimo que viene abajo, en la bodega.

Hay que gritar fuerte para dominar dentro de cortísimo perímetro la algarabía, el clamor, del huracán.

-¡ Gracias a que cambiamos en Coatzacoalcos el cargamento de ganado por azúcar! -grita Diego Ruiz, desde su trinca en el palo mayor, a su vecino Jaiba Grifa, quien responde afirmativamente a la sobrentendida frase con bruscos ademanes de cabeza.

Persisten las miradas, que van y regresan de Ruiz a Jaiba Grifa; de éste a Canul; de Canul a uno, y de uno a su vecino de trinca.

Desde su comienzo, a la salida de Campeche, empezaron para la marinería los tropiezos.

En nada estuvo que Canul -el cocinero-se quedara en tierra. Llegó a última hora y el capitán le regañó. Zarpó la embarcación a eso de las 5 de la tarde.

Tras las maniobras de arranque y el endilgue de la cena, con buen viento la marinería se tumbó a proa bajo la noche clara de un 9 de noviembre, tibia, pese a la estación en fines de otoño, ya que las de frío sólo para invierno sobresalen algo, y por singularidad, en el clima tropical donde sucedieron estos hechos.

Medio chispo, en tufo de aguardiente popular, dijo Canul:

¡ La pegamos con el hijoputa Capitán! Por la mañana le pedí licencia para no ir en este viaje, y él me contestó: “Si no vas en este viaje no te embarcas más conmigo”. El tiempo era corto para lo que tenía yo que hacer: avisar al Registro Civil, comprar el cajoncito, las velas . ¡ y todavía quién sabe cómo hará la mujer para enterrar a la chamaca! Yo siempre he estado bueno. A la madre, mi primera mujer, también le alabaron en vida la salud. Murió de las viruelas. Y todos decían que la niña se parecía mucho a mí, ¡ y sí se parecía! Los demás chicos son sanos. Quiero que alguien me diga por qué sólo esa chamaca habrá salido así. Las personas hablaban de que no tenía espina dorsal, pero, ¿se puede vivir sin la espina? Las personas decían que no tenía suficiente fuerza en la espina; que su espina, a lo más, tendría la fuerza de una hoja de zacate; que la cabeza le pesaba mucho. Así nació, y vivió ocho arios: la cabeza metida dentro del pecho. Se la levantaban y se le iba para atrás o se le volvía a caer para adelante. Nunca pudo dar un paso. Si ustedes la hubieran visto hoy que murió, le habrían echado unos tres arios cuando mucho. Creo sería catarro el que le dio. Fue muda. Nunca había hablado sino hasta esta mañana, que dijo: “Papá, agua . . .” Al oír por primera vez su vocecita me puse algo contento, creyendo en un milagro de esos que dicen llegan a pasar. De tanta esperanza fui ligero por el agua. ¡ Tal vez la chamaca viviría, se levantaría! ¡ Quizás iba a correr, hablar, llorar, cantar, como los muchachos! Cuando volví con la jícara llena, la chamaca había muerto. ¡ Mejor! Sentí un grandísimo alivio, y ¡ palabra! que hasta me habría puesto alegre si no fuera por estos apuros que nos acarrean los difuntos. No hay dinero; tienes que buscarlo, y luego aquello de las vueltas, de los papeles, de tanta diligencia como se necesita cuando en tierra no sabes tú ni preguntar. ¡ Y encima de esta desgracia todavía los regaños del hijoputa capitán!”

—¡ Pobre de mi mujer! —se le arrasaron los ojos y suspiró mirando al firmamento—. Con sus ocho añitos mi hija difuntita subió al cielo, y yo sin poderla ver bajar a la tierra y despedirla. ¡ Siquiera el Capitán, el hijoputa ese, me prestó 50 pesos para que saliese del apuro . ..!

Suena la campana. Canul se levanta a gobernar; le toca su turno de guardia en el timón. Las voces de la plática volaron secretas, confundidas con los bisbiseos de las olas tajadas por la quilla.

En equilibrio sobre la borda, el que rindió su guardia —Botalón— viene corriendo. Se detiene ante los fardos humanos:

—¡ Háganme un lado, Jaiba Grifa, galletero!

Y antes de echarse junto a ellos, vocifera:

— Son las once. Estamos pasando Sabancuy ¡ El otro turno, Chancleta, es para ti .. .! ¡ Ojo al Cristo, camellones! ¡ Chingue a su madre quien me despierte antes de las tres de la mañana!

A la sazón llegaba de popa, como de muy lejos, un cacareo entrecortado por el ruido de la máquina. De rareza iban cuatro pasajeros; una mujer pública y tres ricos de pueblo. El capitán charlaba entre ellos:

—Julia, ¿,te acuerdas la vez que nos encueramos todos y te emborrachaste?

— ¡ Ji, ji! Lo que le hace a una hacer el aguardiente —ríe en chillón timbre de tiple la mujer mientras a chorro sube al unísono el regocijo de los mercaderes.

El cloquear decrece, porque toma serio sesgo. Primero, lamentan a coro la crisis; en seguida éste alaba su finca deganao gordo, y aquél la mercancía fresca de su tienda El Tigre; luego, don Servando, el tercer negociante —más viejo aunque no obeso como los otros dos— elogia la calidad sin rival de los productos de su fábrica de pastas y , sobre todo, la presentación inmejorable de las latas en que él envasa su surtido rico de galletas.

Abunda y se bebe café con ron. Entonces el vocerío arrecia de tono y , con intermitencias y entremezclados párrafos sueltos, viene a proa en diálogo extraño de pintoresca jerigonza:

— Pues ahora voy a la Laguna, a ver qué tal se nos presentan la Navidad y el Año Nuevo .. . Siempre yendo y viniendo de aquí para allá, de allá para acá; de barlovento a sotavento; de Tampico a Progreso .. . Paseo a las autoridades . .. Visito al señor gobernador. . Pienso montar allí una nueva tienda .. . Gastó su buen pico y nada que se le arregló el negocito. Don Conrao .

—Porque, hombre, yo … En fin … Como quiera que sea .. . Me casé con una profesora. ¡Y rechispas los niños! .. . La virgüela en Montecristo … Le dije: tú eres preso y no te conviene… Por la cuestión de … Pero, amigo, la fábrica… La revolución … ¡ Ya ni siquiera hay leña! Bueno … quizás. . . Carajo!… Tal vez .. . como quiera que sea .. .

—Don Servando .

— Sí, Emilio, ¡ cómo no!

— ¿Repetimos, Conrao?

—Sí, señor, con mucho gusto .

— Lo enterramos en la cárcel . .. Cuando le embargaron las prendas: pequeñas cosas de viudas necesitadas… ¡No es más que un muerto de hambre! Por supuesto .. . Hablé con el juez. Se ordenó el desahucio, el lanzamiento . . . Es porque él es quien es … Puesto que… ¿El jefe de las Operaciones . ..? Buena gente, buena gente .. . Sí, señor, y el ministro de la Suprema Corte .. . Oiga, me dijo.

—No se moleste, capitán.

—Parece… ¡ Quién sabe! Voy a dormir. —Hasta mañana, en El Carmen, señores. —Hasta mañana, don Servando.

—Pues yo .. . ¡ Coño! . .. Me casé con una profesora… Como quiera que sea … Pero, en fin .

Don Servando se acostó en un catre, dispuesto de antemano a popa bajo la toldilla.

Julia cantó un poco.

A una breve pausa, siguieron durante corto tiempo fuertes carcajadas.

Luego sobrevino un gran silencio, no interrumpido sino por el movimiento de los otros pasajeros que se acomodaban junto al cuarto de máquina.

El capitán ofreció a Julia su pequeño camarote.

Dentro de unos instantes los efectos del mareo en algún pasajero habrían de producir tos, ahogo y vómito

Fuera de esto, en adelante únicamente se oyó a proa fundido con el eco de la mar; el aserradero de los tripulantes que roncaban, la sorda marcha de la máquina y las campanadas del timonel de turno que pedían el relevo.

II

Con fresco estimulante y ese jovial sol de la aurora saltó el pasaje, luego de que la Perlita fondeó y atracó al muelle de El Carmen.

Por la tarde, Chancleta, así le apodaban merced a la forma de su cara, bajó a tierra y se metió en una cantina. Bullanguero bebía de pie, junto al mostrador, entre un grupo de otros seis parroquianos, donde alternara un chino bajito, verdoso, magro y cojo —de pata de palo—, cuando súbitamente, de gusto y rejuego nomás , propinó al chino una trompada que, tirándolo de espaldas, en golpe seco le hizo azotar la nuca contra el pavimento.

—Levántate, chinito, chinito, mi mejor amigo —le sacudía Chancleta con gran risotada suya y las de los demás.

Pero el chino ya estaba muerto, y sobrevinieron los apuros y la congoja en lívido silencio sobre el cuerpo tendido con su mantecosa gorra de paño negro, la sucia camisa y unos pantalones holgados en demasía, dentro de los que nadase —rígida— la pata, de un palo rústico y pringoso.

De allí, naturalmente, Chancleta paró en la cárcel. Toda la noche se la pasaron los tripulantes visitando y consolando al preso. Trajéronle de a bordo la mochila con la escasa vestimenta; le dejaron algo de plata y cigarros. De madrugada, la embarcación salió, sin él, hasta los ríos de Tabasco y Chiapas. La marinería entera sintió mucho el percance, porque Chancleta siempre fue un divertido y buen amigo.

La travesía ordinaria era de 170 leguas: Campeche, El Carmen, Boca Chica, Palizada, Boca de Amajtlán, Boca de Pantoja, Chilapa, Tepetitán, Macuspana, Salto del Agua.

Y viceversa.

Viaje redondo, 340 leguas.

Amatitán es llamado Puerto de Alcoholes. ‘Toda embarcación que cruza por allí, debe fondear. Suben de dos a tres celadores con sus remendadas filipinas de dril blanco y los roñosos rifles 30-30. Registran, inspeccionan documentos, boletas, el pago del impuesto.

—¿De qué es esta garrafita?

— De agua.

— ¿Qué tiene esta botella?

—Agua.

El capitán de la canoa se hace el desentendido hasta el punto en que, para cortar el interrogatorio, les incita:

— Vamos a almorzar. ¡ Qué bien huele ese tasajo!

Y en verdad, el humo y el ruido de las carnes fritas convulsionan del estómago a las manos. Es de las contadas ocasiones en que la marinería come sabrosa y abundantemente. ¡Saliva fresca, alborozados brincos de las tripas!

Se descuelga del hombro su rifle cada celador, y ¡al almuerzo! Cuentan cuentos innobles, rijosos, comiéndose las letras en tristes carcajadas,

Terminan, y tras de chirigotas, parabienes y recíprocos palmazos a las espaldas, abandonan la canoa. Bajan la rampa. Se van … Y la embarcación seguirá su travesía río arriba, río abajo.

Desde Macuspana a Salto del Agua —para adentro— empezaban los pozos petroleros de El Águila.

Es Macuspana —en el recuerdo de Pepe Vargas— la población más bonita de los ríos de Tabasco.

Al tomar tierra en Salto del Agua tropezamos con un hombre que lleva indios calzones de manta enrollados a las ingles y una lata de manteca en la cabeza.

Durante el viaje, Pepe Vargas y el galletero habían oído hablar del mercado famoso de aquel pueblo.

—¿Dónde está el mercado? —pregunta Pepe al indio, quien se queda mirándole, mudo, con su boca muerta de risa.

Esa expresión les incomoda:

—¿Dónde está el mercado? —gritan impacientes, agresivos.

La boca grande se abre de nuevo; se alarga más aún, hasta mostrar el vacío tras el cerco —marfil duro y brillante— de los dientes.

—¿Dónde está el mercado? ¡El mercado! ¿El mercado? ¡Dónde el mercado!

La boca permanece abierta, dulce y mansa, pero de un sonreír tan romo y nulo de respuesta que antójase sarcasmo.

Otro hombre igual llega, cargando también su lata de manteca a la cabeza, y los dos se hablan en su idioma indio. Una mano del último figura señas que dirige a lo alto e indican la manteca. Con sus enormes bocas perplejas de esa risa, se miran ellos y nos miran y remiran. Platican en su lengua. Te irás rabioso. ¿Para qué volverte si encontrarás la risa que parece perseguirnos, y avergüenza, atemoriza y enfurece? Entonces no se hallará en adelante noción de mercado alguno en el camino. De retorno al punto de partida aprendes que de muy lejos, entre veinticinco leguas de lluvia y fango hasta los muslos, esos indios vienen a vender latas de manteca. A lo largo del río, los mercilleros, sentados en sus cayucos, realizan el negocio. Les cambian tiras bordadas, encajes, chaquiras, cintas, espejitos, al precio de dos pesos por lata de manteca cuando ésta vale veinte. Tarda uno para entender; pero al fin entiende. ¿Cómo iban a contestarle aquellos hombres? Estábase ante el mercado y no lo comprendíamos. Ellos, uno, somos el mercado mismo en muchas leguas.

III

¡ Oh, nostalgias del descanso al rendir viaje! ¡ Aquellos amaneceres a la altura de Champotón —ya cerca de Campeche—, donde acaba el agua turbia y el mar se torna una esmeralda tan lisa y clara que si tiramos un objeto lo podemos distinguir perfectamente y nos parece que alargar la mano bastará para rescatarlo, aunque se encuentra a gran profundidad! ¡ Allí enfrente reposa el término de Nuestra Sierra Madre Oriental —la Sierra Baja— cuya pantorrilla, echada en la costa, se dobla en curva lenta e imperceptible al corazón de Yucatán y pone los pies en Guatemala!

Pero mediaría tiempo para ver satisfecha esta añoranza, pues, entre ida y vuelta, de dos o tres semanas duraban, regularmente, los viajes ordinarios.

A las orillas de estos ríos, donde ahora navega uno, negrean los manglares; alfombra el paraná; blanquean las flores severas de los sauces; se tupe el camalote, y el cabezón, que de tierno sirve de pasto al ganado, cuando mayor se impone por la fuerza: no existe lengua, hocico de animal, que se atreva con él, porque sus hojas —metálicas, brillantes, duras— cortan. Junto al cabezón no hay ninguna otra planta que logre medrar, que no sucumba. Es una sola clase. Son campamentos silenciosos de relucientes, tiesos, largos, verdes y enhiestos machetes abrazados.

Como troncos de árbol los caimanes flotan, o se aburren del solazo a las márgenes del río.

En los ríos y en el mar, de marzo a diciembre, ahoga ese reverberante vaho —entre oro y rojo— de cada mediodía. Manos de sapo, el sudor resbala irritándonos la piel. Abajo, las bodegas obscuras deshilachan los nervios y le infunden a uno vértigo. Los párpados se caen. Parece cual si las partes del cuerpo estuviesen divididas y tiradas en la penumbra, por los rincones: ahí las piernas, allá los brazos, aquí la cabeza vacía. ¿Qué para sentirnos, para reintegranos? Pues a gritar, maldecir, pelear con los compañeros, los objetos mudos y las bestias aturdidas. El marinero tiene que cargar, estibar y descargar; revisar, contar y recontar el cargamento.

—¡ Falta un toro, cabrones! ¿Dónde está ese toro?

—¡ A contar! Falta un toro …

—4, 19, 37, 48 … ¡ Falta uno!

Empiezan a funcionar las picas a través del escurridizo cuero grueso de los cornúpetas, sus garrapatas y sus pulgas. “¡ Uuuuuuu!” ¡Meeeeee!”

Astas en cola y patas, el toro está hecho rosca bajo los ojos macilentos, vencidos, indiferentes, de los otros.

—¡ Se muere de sed!

—Agua, ¡puto!

A los dos cubetazos de agua, el toro, reconfortado, se levanta, bebe y vuelve a la vida.

—¡ Arranchen ya la embarcación!

En taparrabos se hace la faena.

Por las tardes, cuando amaina el furor del bochorno, brotan las nubes bobas de mosquitos que golpean y son velo negro de comezón desesperante en el cuerpo viscoso de sudor.

Fondeados, cae uno muerto por las noches. En camino, los muertos seguiremos trabajando. De guardia, las campanadas cada tres horas. “¡ A tu turno, papacito!” Si no, las órdenes constantes de maniobras:

—¡Iza la mayor!

— ¡ Baja el trinquete!

— ¡ Las luces, pendejos!

— ¡ Esas drizas!

—¡ Sonda! —y allí pasa el marinero horas de sueño en gritos roncos, a la borda: —¡ Siete brazas! ¡Nueve! ¡Cuatro brazas! Cinco, seis.

— ¿Cuántas?

— ¡ Seis …!

— ¡ Fuerte, tú Jaiba Grifa; tú, grumete! ¡No se duerman!

Y a las órdenes de maniobras hay que levantarse, porque, aunque sobre quien las haga, si no te levantas pasan todos encima pisoteándote la cara, el lomo, el vientre.

Cielo negro o azul. Viento. Calma. Rugientes montones de agua, o escamas tersas de plata. Llueve en aquel abismo … o estrellas, brisa, luna blanca. El río alienta quieto, subiendo y bajando el espinazo, ronroneando, como un buen gato verde.

Lo demás, silencio alrededor del fondeadero. La tierra adentro duerme, ¡ sueña el alma! De centinela, siempre alerta, sólo los ojos en llamas y el ululante grito voraz, incontenible, del sexo, del deseo …

IV

Taciturna, la manceba Flora Puga estaba sentada, cosiendo en su camastro, a la flama oscilante de la vela que alumbrase su cabaña de madera, última de las desperdigadas al cabo del pueblo de Chilapa.

La cabaña era una sola estancia, dividida en dos por un cancel. En el compartimiento mayor, Flora ejercía su carnal oficio; en el otro —de un postigo, y más sórdido, penumbroso, que el primero— ardía siempre una lamparilla de aceite ante una estampa de la Virgen del Perpetuo Socorro.

Temprano aún, la noche era de espesa oscuridad. En su prieto nudo retumbaban las dispares voces del hercúleo Botalón y el diminuto Jaiba Grifa,  que cruzaban el cerril descampado, aledaño del poblacho sin luz, mientras Flora cosía. De pronto, al umbral de la puerta entornada, suenan los pasos de los dos marineros, que irrumpen luego dentro del socucho. Resignadamente complacida, Flora se alza del camastro, ínterin los hombres lanzan al aire una moneda para rifarse la prioridad. Por el orden sucesivo que el azar les brinda, uno y otro realizan el coito en presencia del que espera.

Después, silenciosos, entran en pos de Flora en el compartimiento menor, para que ella les lave. La mortecina luz de la veladora de aceite, prendida frente a la Virgen, cae sobre un cajón, dentro del cual chilla un niño que atrae la atención de los marineros. El niño es ciego. Cubre sus ojos abiertos una gruesa y sucia capa verde. Víctima de contagio blenorrágico, nació padeciendo esa incurable oftalmía purulenta. Entre lloros del niño y tiernas palabras apaciguantes de la madre, lava ésta a los dos hombres, quienes, bajo su pétrea máscara de impasibilidad estoica, disimulan y dominan aquella impresión, amalgama de asco, piedad indecible y arrepentimiento, que de no vencerse les haría crisparse del horror y salir maligna, ofensivamente, huyendo. Pero no: de tanto pasar nada puede admirarles, y están hechos a contemplar las abyecciones, sublimarse ante las vergüenzas mayores, y, recónditos, entender y respetar -a costa del propio sufrimiento-las penas más amargas.

Ahora vienen ya de regreso y cruzan otra vez las tinieblas del vasto desacampado. Como suele reaccionar en ocasiones de acometerle cualquier tristeza, o un recuerdo pesaroso, el diminuto Jaiba Grifa estalla en una lacerante risotada, cuando los agudos ladridos de un perrillo junto a unas blasfemias, un rugido, el bárbaro movimiento de las piernas de Botalón, cierto invisible puntapié descomunal, el azotar del animalejo a gran distancia y sus quejumbrosos alaridos postrimeros, que pronto se apagaron -pues a causa de la rotunda patada del gigante quizás murió la mezquina bestezuela- detienen los estallidos de la risotada de Jaiba Grifa.

Explicado por si mismo el incidente, sin hablarse caminan largo trecho.

-¡ Me mordió el pendejete! Era así de chico el diablillo, como una tuza o un chihuahueño; pero me duele la mordida -dijo al fin Botalón.

Por último llegan al fondeadero; abordan la canoa, y se tumban a dormir.

Gusto y olor a brea, a pintura fresca, a sal, aceite, basura y alquitrán. Todo mezclado. ¡ Masilla de barro, el tacto! ¡Moscas, ratas, chinches, cucarachas!

¿Por dónde entran tantas ratas y cucarachas en el mar? -interroga en sueños Jaiba Grifa, y le responde un bramido lastimero.

Al bramido, se ve dentro de la bodega.

- Y ahora?

-Ahora me divierto mortificando a este animal.

Hay dos jaulas en la bodega del sueño; en la más chica está encerrado un tigre, y en la de enfrente un toro. De arriba oí decir: “Los llevamos para que luchen en el circo”.

-¿Quién ganará muchachos? -pregunto.

Pero al instante naufraga la canoa y empieza a rebotar, como un sonoro tambor, contra el oleaje. Jaiba Grifa se siente hundido dentro de un laberinto de voces y rocas de humo salado; siente que su cuerpo rueda en círculo, de aquí para allá, y se desliza luego en un tobogán de interminable catarata. Próximo a desfallecer, el salto prodigioso a una tabla providencial le pone a salvo; y cuando recobra por entero el conocimiento se encuentra de pie a la barandilla de un nuevo barco, cambiándoles miradas estúpidas a los demás tripulantes, quienes —el cabello revuelto y las ropas destrozadas, pegadas a las carnes— se ven unos a otros.

—Bueno, bueno, ya estamos aquí , figurando con estos en el rol. ¿Cuánto vengo cobrando? ¿Cuánto van apagar? ¿A qué puerto vamos? ¿Ya es hora de comer?

En la mañana cálida la canoa se ha lavado y todo parece limpio, como antes nunca Jaiba Grifa hubiese visto nada igual. Agua, … cielo,.., el aire. Inefables rayos de sol caen del cielo, semejantes a flechas de cristales de oro. Agua, cielo, espacio: ¡todo es oro! Jaiba Grifa se cree más que hombre. No ve a sus compañeros, o han huido de su vista. Es ahora inmenso, omnipotente, y tiene que apoderarse de todo el oro que contempla; pero, de pronto, un rugido espantoso le barrena los oídos. Del susto cierra los párpados, adivinando que el toro y el tigre escaparon de las jaulas y han ganado la cubierta. Un sobrehumano impulso le arroja al mar en busca de salvación. Inmediatamente percibe sendos golpes de agua, que producen ambas fieras al zambullirse en el estanque: pues el mar es ya un estanque redondo, limitado por una cadena circular de muelles conocidos. Jaiba Grifa nada a velocidades de relámpago. Piensa que debe abrir los ojos. Echa una mirada atrás y ve al toro, muy próximo, nadando.

—Un toro nadando … ¿cómo?

El tigre viene de lejos.

Desde la embarcación, los tripulantes ríen regocijados.

El perseguido está con el paladar acre, seco y frío de la zozobra: pero se enciende en ira y alza un brazo para modelar un ademán soez y dirigirlo a los que ríen.

Desecha la momentánea ocurrencia de volver a la canoa, pues allí el mar ha tornado a enfurecerse. Ahora divisa sólo a la pequeña embarcación yéndose a pique, de los marineros no distingue sino las caras que, no obstante sobrenadar a ras de las olas, continúan en expresiones insufribles de mofa.

—¿Jaiba Grifa? ¡Yo no me llamo Jaiba Graifa! ¡Ésta me la pagan! ¡Ya verán! —gritaba.

Cuenta con su astucia. Le corta la vuelta al toro, y de un brinco se encarama y lo sujeta por los cuernos.

—Al menos así no me cansaré.

Pero en tal momento, el toro comienza a repletarse de agua y a sumirse.

—¡Demontre de animal! ¿Pues no es que nadaba?

Y el tigre se acerca mucho, se acerca … Ninguna idea mejor que sepultarse a fondo con el toro … Mas, cuando al hombre no le sobresale del agua sino un hombro, el tigre le clava las garras en los sesos. Jaiba Grifa muere. La fiera lo arrastra a tierra. Llega con él a un muelle atestado de curiosos. De entre la muchedumbre surge un gigante, que arrebata el cadáver de las garras del tigre y, dando a éste una patada, lo mata, y el océano se colorea de sangre.

Todos -principalmente las mujeres- intervienen en la tarea de resucitar a Jaiba Grifa. Movimientos de brazos, de vientre, de cabeza, de piernas: pero Jaiba Grifa está bien muerto.

Las mujeres lo inciensan, lo perfuman, y Jaiba Grifa es el único en maravillarse de que hablasen tan bien de él. Le honran con cirios azules y lo meten en una caja de seda que suben a la carroza.

Le lloran, le cantan, y entre los cánticos y la música funeral predominan sus propios gemidos, .. . sus grotescos, sus lastimeros, sus pobres gemidos de difunto …

“¡No,no! ¡No puede ser! ¡No puede ser!

¡Debo revivir! ¡ Estirarme, estirarme! ¡ Debo estirarme! -gruñí bajo aquella pesadilla.”

En la mañana, muy temprano, empiezan a trasbordar un buen cargamento de ganado.

Dos días después la Perlita sale del río, rumbo a Coatzacoalcos, donde, a las cuarenta horas de toda su andadura, llega felizmente, gracias al íntegro aprovechamiento de la marcha de su máquina y al tiempo favorable.

V

Pero ningún beneficio rindió la rapidez, porque los trabajadores portuarios acababan de declararse en huelga. No obstante -dada la naturaleza del soborno el Sindicato obrero accedió a descargarlo en seguida, impidiendo que la mortandad de reses produjese una posible epidemia.

Junto a uno de los muelles de Coatzacoalcos la Perlita pasa inactiva más de un mes. Por fin, al reanudarse las labores del puerto, le llenan sus bodegas con sacos de azúcar para el viaje de retorno hacia Campeche. Zarpa -sin pasajeros, por fortuna en la tarde del 21 de diciembre. De capitán abajo todos esperan festejar en casa la Nochebuena de aquel año.

Galletero significa ir en harapos de harapos, sudando sangre de infancia a cambio de las sobras de la comida únicamente. Hay, sin embargo, una alegría de inocencia y simpleza extremas, que ni el galletero siquiera olvida nunca. Es la visión de tres, cinco, diez embarcaciones a motor y vela en fila, con las velas izadas a todo viento y máquina, a todo correr, en competencia. Salvo El Dictador -120 caballos- y La Polar -100- nadie nos gana. Pero ni La Polar ni El Dictador están en nuestra línea. Su ruta va mucho más arriba, hasta Tampico; así, pues la Perlita vence constantemente. La Perlita sólo tiene un buen motor Volverine 62. Difícilmente podría tacharse de servil a un tripulante, y algunos se preguntan: “¿Qué ganamos?”. Pero entonces, ¿por qué esta ansia, esta satisfacción de ser los primeros donde vamos?

No bien salvaron la barra del río Coatzacoalcos y se hicieron a la mar, Botalón se sintió indispuesto. A nadie comunicó nada, sin embargo, censurándose a sí mismo y pensando -como todo hombre hecho a ese ambiente de vidas esforzadas que de salir a luz tal quebrantamiento expondría el amor propio de su masculinidad, su proverbial fortaleza y su bien ganada fama.

Al día siguiente amaneció peor: sin ningún apetito, afiebrado, con una honda tristeza inexplicable y punzantes dolores en la garganta y en el bajo vientre.

Para colmo, de improviso aparecieron a la vista presagios inequívocos de norte cercano, de próxima borrasca. No soplaba casi el viento; a plomo caía un sol denso y reinaba chicha calma sobre las aguas sin oleaje en redor al bochorno sofocante, a un firmamento de límpida bóveda y ese horizonte de nubecillas nacaradas, raseras al mar.

Sin duda, el norte -tanto más pavoroso cuanto es enigmático predecir la exactitud de su naturaleza, intensidad y duración les sorprendería en tránsito. Y en efecto, a prima noche se encapotó el cielo, encrespáronse las olas, comenzó a desatarse el ventarrón y a progresar, vertiginoso, el temporal.

Desde horas antes, Botalón ya no pudo levantarse. Desgarradas por dentro las cuencas de sus ojos, las fibras internas del paladar y todas las demás regiones glandulares -de las fauces a los testículos por cierta inflamación terrible y el tormento infinito de un fuego abrasador, de algo así como recias espinas que a millones se le clavasen más y más en las entrañas, habría de reprimir su devoradora sed ante un desconocido terror al agua, terror y ansia voraz de apurar el líquido, la cual ansia sofrenaba una instintiva certeza del aumento insoportable de sus dolores al beber. Así, los ojos cerrados y tapadas las orejas con las palmas de ambas manos, para evadir el océano de la vista y ni siquiera oír su rumor, pues hasta el recuerdo del agua en la memoria le ocasionara ese creciente frenesí, boca abajo permanecía tendido sobre cubierta, procurando, a un tiempo, dominar su furia y acallar su angustia. Pero como a un golpe de mar una ola rebasase la borda de la canoa y le cayera encima, crispándole la piel y todo el cuerpo hipersensible, de un salto inverosímil, demoniaco, se abalanzó contra sus compañeros.

Entonces Jaiba Grifa se acordó del perrillo que había mordido al energúmeno y gritó en su peculiar timbre de voz:

–¡ Cuidado! La rabia! Es rabia!

Para colmo de las desolaciones empezó a llover, y el hidrófobo —desorbitado, babeante— a bramar con espanto, en medio de la inmensidad del océano y del colérico norte pizarro.

A duras penas bastaron todos, incluso el capitán, para sujetar a Botalón, precintarlo como un fardo y arriarlo a la bodega, en cuyo fondo quedó metido, víctima del momentáneo atolondramiento más el imperativo —dadas las premiosas circunstancias— de volver pronto a las maniobras interrumpidas y el acuerdo tácito —hijo del pánico— de suprimir de la vista constante tan hórrido espectáculo.

La tempestad arreció y tuvieron que cerrar herméticamente las compuertas de la bodega.

Luego, el Capitán ordenó que los tripulantes se amarrasen a los palos en previsión de que alguno fuese barrido por una ola, la nave siguió capeando el temporal.

Un día después, en cuanto amainó algo el norte y opinaron que podían desatarse, corrieron hacia la bodega y bajaron a ver al enfermo. No les fue fácil hallarlo prontamente pues una de las tongas de sacos se había derrumbado por el fuerte vaivén de la canoa.

Pusiéronse a registrar, a la vez que reparaban el acomodamiento de la carga.

Asfixiado y sangrante, de tanto peso encima, el hercúleo Botalón, estaba muerto.

En silencio impresionante izaron el cadáver y entre todos —los ojos llorosos— le columpiaron y hecharon al mar, mientras la Perlita seguía, gemebunda, su camino.

El último día del ario, a medianoche, con la cola del norte aún, anclaron en la segura bahía de Campeche.

Por lo intempestivo de la hora no pudieron desembarcar.

De tierra venían las luces de la población en fiesta y las proyecciones cronométricas del faro.

Yerta de frío y de cansancio, pero insomne, la marinería toda está tumbada a proa, en medio del mutismo habitual del fondeadero.

Hacia la madrugada, persistiendo en su mente la imagen del cuadro que presentarían la viuda y los huérfanos de Botalón, dijo Diego Ruiz.

—¿Y qué cuentas le vamos ahora a rendir a la familia?

El bisoño maquinista, Pepe Vargas, aguzó el oído a la respuesta.

Tras de prolongada pausa, Canul, el cocinero, replicó:

—Pues le diremos nomás que una ola lo barrió de la cubierta.

De popa resolló, emocionada, la honda voz del capitán:

—Esta bien, muchachos. Ese parte rendiré yo. ¡ Eso diremos!

Y hasta no amanecer Dios, se arrebujó de nuevo todo en silencio a los reflejos del faro que giraba, pasando y pasando su blanca lengua de luz sobre la mar.

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